domingo, 10 de febrero de 2013
Somos meros documentos de Word. Pero somos.
Me
detengo –siempre estoy en el mismo lugar- necesito escribir la farsa actual
entre vos y yo. Somos farsa. Pero somos. Soy lo que vos me dejas ser, y vos
siempre podés ser más de lo que pensas que sos.
Es
mentira la verdad y existió en cada momento,
en cada lugar, en cada espacio que transitamos. Es mentira la verdad y
existió porque solamente así todo se volvía realidad entre nosotros.
Cuando
te escribo nos podemos encontrar en
cualquier lugar: eso es lo de menos. Lo que importa es el deseo de encontrarnos
porque a partir de ahí todo queda en manos del destino (me gusta delegarle
obligaciones). El sí que quiere y se empecina en juntarnos entre tanto barullo,
entre tanta ciudad vacía y rellenada de a pocos y de a nada.
Me gustas porque nuestros besos son siempre los últimos.
Me gustas porque hago puntitas de pie para alcanzarlos.
Me gustas por cómo tus brazos me rodean.
Me gustas porque me empecino en encontrarte y me
entretiene buscarte.
Me gustas por lo poco que se de vos y lo que te conozco.
Me gustas por lo eternamente inocente de nuestros
proyectos ¿son míos?
Me gustas por la forma en que no compartís lo que creo que
es la verdad.
Me gustas aunque ahora somos meros documentos de Word.
Pero somos.
Es el
deseo el que me trajo hasta acá. El me moviliza. Sin él no somos nada. El deseo
me lleva hasta tu lectura, hasta los versos de otros para
decirte lo que no puede ser pero es. Entre tus ojos descubro palabras que me
acercan -que nos acercan- como mezquinas gotas de ilusiones, de pasiones, de
deseos, de cosas que verdaderamente no se. Todo es mezquino: como vos y yo al
dar amor.
Pienso en resúmenes, así vivimos. Resumimos para acordarnos,
y así es que vivimos en el otro y vos podes vivir en mí. Y no iba a volver a
suceder. Las pequeñas cosas que logran ser grandes deseos nos encandilan si nos
miramos a los ojos. Y pareciera que no existiera nada más porque lo nuestro se
vuelve eterno cuando me resigno a no dejarte ir en mis palabras.
Los
pasillos de la vida se hacen rogar para encontrarnos: nos esquivan, nos
zarandean, nos olvidan solamente para que no caigamos que en la mañana
siguiente ya seremos los mismos.
Sabelo, sólo escribimos (y somos) fragmentos en documentos de Word
De Unknown en 16:59 0 comentarios
Etiquetas: deseo, destino, documento de word, fragmentos, me gustas, mentira, microsoft word, olvidarse, resumenes, verdad
viernes, 1 de febrero de 2013
Algunas canciones y cuentas de amores
Me había pasado el tiempo haciendo
pura cuentas de amores que no te enamoran (siempre podemos restar para sumar).
En este tiempo solías decirme que me amabas cada vez que me odiabas. Y cuando
empezabas a odiarme en serio, sabías que pronto nos olvidaríamos. Al hacer
estos recuentos me había olvidado de decirte tantas cosas, así como se me pasó
olvidarte (por mi propia conveniencia) se me pasó decirte todas esas cosas que
ninguno de los dos quiere oír. ¿Qué esperan? No las pensaba decir en esta
oportunidad.
Te sigo observando atravesando con veloces pasos mi cuerpo, mi alma, mi
aliento, mi egoísmo, mis tontas palabras, mis años. Y yo te atravesé por
completo al ser presencia en cada momento de tu esmero en olvidarme (que tan
bien te sale). No lo íbamos a saber hasta tiempo después de todo: lo nuestro era
más que lo que podemos sumar y restar con nuestros dedos y manos. Y aunque ellos
no crucen las plazas juntas, se entienden, se reconocen, aunque jamás se hayan
juntado.
Y pronunciaba carcajadas cada vez que su aliento me rozaba los dientes.
Nunca había sufrido de eso que llaman cosquillas hasta que descubrí que él se
concentraba tanto que me despertaba el deseo de saber qué tan concentrado
estaba y cómo podía hacer para que se perdiera y cayera distraído ante mi afán
por esquivar esos momentos.
Te desafíe. Te escribí esas canciones sin nombre que nos dedicamos cada
vez que quisimos olvidarnos. Y yo estaba en cada paso, en cada construcción (al
menos en el intento de no estar). Las
canciones fueron nuestras posibilidades de encontrarnos: las posibilidades del
amor y del deseo se resumían y se extendían en aquellas letras. Pero en estos
finales, tenía que confesarlo: las canciones habían sido tantas que poco a poco
fueron perdiendo sus versos, sus melodías, luego sus colores y al fin sus
sabores para solamente hablar de nosotros. Y habían perdido todo lo que les
pertenecían y nos entregaron el tiempo para nuestra historia.
Y jamás se te iba a ocurrir, pero cada noche nos acostábamos suspirando
por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Lo que fue me lleva hasta vos, lo
que pudo haber sido, me marea entre todo lo que decís.
lunes, 31 de diciembre de 2012
2013 versiones para poder encontrarnos
Eran
necesarios: las velas en las tortas, los palitos en las paredes, los tachones
en el almanaque. Nos ayudan a los más distraídos a no olvidarnos de que nos
encontrábamos atravesando años y que eso -de muchas maneras- era significativo.
En estos tiempos, volvemos a pasarle
un trapo a los años que ya se nos van; pero se nos esconden debajo de las
alfombras, solamente para poder aparecer cuando se les cante o cuando nosotros
decidamos limpiar un poco de lo que fuimos.
Año
2012 me contaste nuevos cuentos, la mayoría eran reciclados de ayer. ¡Pero qué más da si hablan tan bien de lo que
fuimos! Y volvimos a re utilizar viejos dichos, estrategias, sentimientos.
Volvimos a viejos amores, pasiones y ya no paramos de contar nunca más.
En tus
días año viejo aprendí que muchas veces ‘somos’ para la foto. Somos jipis, pop,
rockeros, ganadores, solidarios, altos, esbeltos, carilindos, comprensivos,
humanos solamente para la foto. Y de lo que verdaderamente habíamos sido: ‘Bien,
gracias’.
Asimismo,
aprendí que ha pasado un año nuevo - que ahora ya es viejo- y que seguimos
buscándonos y encontrándonos. Y eso es reconfortante, el encontrarnos para
sentirnos como somos cuando estamos con el otro. Porque no me vine hasta acá
para no encontrarme esos minutos con vos que son los que (nos) forman nuestra
historia. Este año que se nos viene, no tengo más ganas de escuchar “¿sólo para
eso te viniste hasta acá?” Si, porque
eso nos hace lo que somos, el otro y encontrarnos. Y es por eso que vale tanto
la pena marcar un número y preguntarnos como estamos.
Y fue
en este año, que se presentó haciendo ruido, y hoy se retira cansado, cansado
de andar. Pero completo, vivido, andado, sentido. Y es que ahora como suele
suceder en estos tiempos, me gustaría repasarte, solo un poco y para seguir
perdiéndome con la costumbre.
- Año en el que volví a sentir, a producir. Año en el
que sigo volviendo a ti, Destino. Regresando hasta ese lugar donde se
encuentran las ollas de oro: al final de los textos, al final de mis palabras
que siempre son comienzos, comienzos de los destinos.
- Año en que me ha asqueado mi
exceso de protocolo. Es que me había tragado todas las mentitas viejas que
tenía. Desde ahí ya no las necesite. Mi aliento era fresco, ya no teníamos
remordimientos.
- Año
en que encontramos apoyo y volvimos a creer en nosotros mismos, y en muchos de
aquellos que habíamos dejado de creer. ¡Que más podemos pedir! Año en que
siempre te necesite entre mis días. Siempre.
- Año
en el que la soledad nos hizo dialogar con nuestros propios fantasmas. Esos de
los cuales habíamos olvidado que existían y de esos que aparecen cuando llega
la abstinencia.
- Año en que fuiste el mate amargo
de mis mañanas, algunas frías, otras sola pero todas despierta.
- Año en el que comprendí que las
historias y los planes de amor son como moños: se cruzan, se atan, y en final
de su producción son hermosos. Pero siempre recordemos que con un simple tirón
de cualquiera de los dos (o tres, o cuatro) lados, se desarma. Y todo vuelve a
empezar. Y eso nos encanta. Y eso me encanta de vos.
- Año en que descubrimos el show
tramado por el otro para mostrarse como es. Y no habíamos entendido nada, y
siempre lo veíamos en espejos rotos.
- Año
en el cual hemos confesado y mentido más de nuestras pretensiones sentidos y
sentimientos. Pero habíamos creído más de lo que (le) queríamos al otro. Y no
tuvo más sentido continuar hacia la distancia. Si estabas ahí entre mis días
desde que nos permitimos entrar.
- Año
en que nos desilusionamos porque las cosas no se mueven como nosotros queremos.
Y nos despertamos desnudos y en el medio de la ciudad. Y nos despertamos
desnudos y con ganas de vernos y no había nadie.
- Año
en que nos dimos cuenta lo felices que somos en lo cotidiano. Cuantas manías
inexplicables tiene el otro y lo grandes que estamos nosotros para no darnos
cuenta que también las tenemos.
- Año
en el que volvimos a valorar el encuentro con el otro.
- Año
en el que seguimos sumando canciones que nos hablan de años anteriores y de
este año que tanto se hizo vivir. Las canciones fueron malas, de moda, y
algunas otras muy buenas y memorables. Pero me gustaría decirles, todas fueron
igual de sentidas.
2012,
me había propuesto más de lo que tus días me permitían y te abandone mareada
entre mis metas. Me había olvidado: aún conservaba mentitas vencidas de años
anteriores.
Así es
que pongo un compilado para cerrar este 2012 que se me fue entre las ganas de
verte y las ganas de encontrarnos, que exactamente no es lo mismo. Nos vemos con
suerte desde lejos, de veces y en cuandos. Pero el encontrarnos es siempre más
difícil; por eso alzo las copas -todas las que tengo a mi alcance- para que
este año nuevo podamos encontrarnos aún más: con él y ella, entre nos, pero
fundamentalmente con nosotros mismos.
Celebrar
el hecho tan simple en su complejidad de habernos conocido, y cuánto nos duele
dejarnos, y cuánto de felicidad tiene todo esto.
Brindo
también por un año que nos siga
haciendo aprender las mismas cosas que ya pensamos que habíamos aprendido el
año que se nos pasó.
Por un año en que no nos preocupe tanto ser suyos y
de otros, sino en el cual podamos embarcarnos verdaderamente en viajes de
nuestros propios placeres con el otro.
¡Amigos: Por un nuevo año, mejor, siempre mejor, y
siempre nuestro! ¡Por 2013 versiones para poder encontrarnos! ¡Paz!
De Unknown en 12:19 0 comentarios
Etiquetas: 2012, 2013, año nuevo, chica push-up, deseos, encontrarnos, hablar de uno mismo, olvido
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Sobre lo poco que se de vos
Me
había levantado más temprano de lo que recordábamos nos podíamos despertar. Es
que ya no podía dormir. No dejaba de pensarte. Quería saber por qué lo hacía,
por qué estabas ahí entre mis pensamientos, mis proyectos, mis idas y mis
vueltas (que eran míos y vos andabas ocupando espacios entre ellos) Y se que
aquí era una manía absurda: siempre tenía y pretendía (me empecinaba) en saber
los porqués.
No lo
entendía: ahí estabas. Pero lo que recordaba de vos era tan poco. Tenía que hacerlo
a partir de los recortes que res/guardaba debajo de mi almohada. La tarea me
resultaba algo así como compleja, tanto que sólo llegaba a encontrar algunas
piezas que me confundían aún más: “recordar que no tenemos nada que ver”, “no
olvidarme de que ronca”, “cómo dejar de lado los besos” y la imagen de tu
sonrisa inolvidable.
Ahí
estábamos arriba de nosotros mismos: nos miramos, nos olfateamos, nos deseamos.
¿Soy yo cuando estoy con vos? ¿Más de mí misma? ¿Hasta donde nos perdemos en lo
que no somos pero fuimos? ¿Dejamos de ser para ser otros mientras que
recordamos los otros que fuimos?
Exclusivamente
sobre nosotros (sí, nosotros):
Puse a
lavar la ropa. Necesitaba olvidarte. Me preparé un mate, me senté frente al
teclado. Necesitaba decirte.
¡Igual,
no ibas a escuchar! ¡Igual, no ibas a leer!
No
importaba. Era esto de volver inmemorial lo que te negás a llamar ‘nosotros’.
¿Qué
más da eso si cada vez que pretendemos decir adiós no nos dejamos ir? Y cuando
ya no estamos ¿dónde guardamos al otro? ¿Dónde guardamos lo que no puede ser?
¿Dónde escondemos nuestras diferencias, nuestro deseo, nuestros silencios,
nuestras penas y alegrías?
Sabía
que estaba siendo necesariamente idiota. Necesitaba ser una idiota para (re)
volver una historia que la tenía perfectamente definida. Pero vos te me
atravesaste y no me dejaste ni poder pensar en cómo mentir un no: un no quiero.
Vos estabas ahí como ayer con tus luminosos ojos y apenas me atrevía a ver
entre tu sonrisa y tus besos mi deseo indecible de volverte a ver.
Era nuestra historia, sí nuestra. A la cual se le
había salido la cadena antes de comenzar a andar. Y cuando queríamos echarnos a
pedalear nos lastimaba las piernas que nos imposibilitaba por largo rato poder
seguir andando por estas calles que nos suelen cruzar entre una vez y un
cuanto, y que nos hace caernos en las veredas mal trechas de nuestros deseos.
Empezaba a llover. Arrastramos la bici e igual nos
empecinamos en caminar tomados de la mano. Es que fue así: pudimos ser siempre
bajo la lluvia, sólo bajo de ella.
Lo que
pasa es que nosotros no entendemos del frío. La temperatura bajaba y no nos
hacía mal. Lo que sucede es que no sabemos ver el frío. No sabemos manejarlo,
controlarlo. Y cuando hace frío nos volvemos más susceptibles, más un tanto
idiotas, un tanto perdidos.
Y te
abrazaba empecinada en que hacía el frío de ayer, pensando en que podría ser
como antes cuando ya no nos acordamos. Y te aseguraba en que todo podría ser
igual mientras te contaba mis proyectos y yo como suele suceder, no entendía
nada. Y vos nos proyectabas y yo no estaba ahí porque aunque te empecines en
decir que sí, siempre estuve en otro lado en tus días.
Bajo la lluvia fue todo más fácil. Fue todo
posible: los planes, las ideas y los sentimientos. Luego despertamos y mareados
por todo lo que no pudo ser, decidimos alejarnos (decidiste, aunque la que me
había ido era yo). Me había ido antes de que me olvides.
Quizá pasará
el tiempo cuando no nos volvamos a reconocer salvo hasta cuando nuevamente haga
puntitas de pie para alcanzarte y cruzar nuestras miradas y todo vuelva a se
posible entre nosotros (sí, entre nosotros porque para mí no había nadie más).
Y no vamos a entender qué significa lastimarse y qué paso ayer porque lo único
que tiene valor es el (re) encontrarse.
¿Qué
más da la distancia y las diferencias si nos hemos cruzado y nos hemos
mirado? ¿Qué más da si todo lo que hemos sentido está por sobre lo que no hemos
dicho... por sobre lo poco que se de vos?
Las canciones ya no eran tantas. Y así como
los primeros besos son riquísimos, luego
el foco de atención se va para otros lados. Y nos perdimos, nos fuimos, te
fuiste, decidiste irte cuando se interpuso mi jipismo desactualizado y
tu fidelidad en formol.
Pongo a lavar la ropa, mojada de vos. Me alejo del
teclado. Seguramente estoy diciendo (te) más de lo que podemos escuchar.
De Unknown en 17:13 1 comentarios
Etiquetas: bajo la lluvia, desactualizado, fidelidad, formol, hippismo
jueves, 29 de noviembre de 2012
Chica pusch-up
Y entreverada por lugares que nada tienen que ver
con nada, te das cuenta que ya estás aún en otro lado cuando tu ropa “de
boliche” no varía de tu atuendo social cotidiano. Y no hay push-up que te entre
ni tanguita que tengas ganas de sufrir. De eso no queda nada, y el resto está
más bien a la vista. Pero nos sentimos bien, nos sentimos con estas ganas
“locas” de escribir con el ojo en el otro y en sus inseguridades que son /al
final/capaz/muy tal vez/ las nuestras.
Me considero completamente incapaz de levantar y
entablar una conversación con un pibe en el boliche. ¡Puf! Taradeces. No más
que puras verdades. Hay que manejar los códigos de chica push-up, que trataré
de describirlos aunque son más complejos de lo que pensamos.
Las chicas push-up se cuidan del que dirán. Cruzan
las piernas y se sientan a esperar. No pueden estar a solas con un varón. Él es
amenaza. Él es la materialidad del engaño. Aunque sin embargo, ellas nunca
están solas. Se la pasan mandando mensajes. Mensajean. Tuitean. Guasapean. Megustean.
Chatean. Comentan. ¿Cuándo dejamos de mirarle a los ojos al otro?
A las chicas pusch-up no las despachan en un taxi.
Ellas no entienden porque se deben retirar de un sitio pasada determinadas
horas. Eso es engaño, eso es manchar su reputación. ¿Tomamos el mismo taxi? ¿Te
podés retirar?
Las chicas push-up /cuando y sí/ cogen lo hacen con
ropa interior a estrenar. De esta
manera, podemos contar el número de cada acto. No se tocan y les da asco tacar
al otro. En el micro, en el super, en la calle. No se tocan. En sus casas, en
los autos, en las esquinas. No se tocan. Las chicas push-up suelen dejar
hirviendo el agua para el mate. Y siempre hay uno que dice: “es que vos nos sos
una piba normal como las otras. A vos si te puedo decir que sólo quiero garchar
y no me interesa si acabas porque seguro tampoco te importa” ¿Hasta cuándo el
goce del otro no forma parte del mío?
Las chicas push-up re-conocen cualquier
indescifrable tema del momento. Las chicas push-up siempre quieren un buen bailarín
que les zarandee los sueños y las ganas. ¿Porque hay otras que se fijan en los en
chicos que no bailan?
Ya en los espacios bailables, la fastidiosa violencia
empieza en el ofrecimiento degenerado de un trago aguachento. Nos debería dar
asco pero no. Las chicas push-up tengan la edad que tengan, el recorrido que
tengan, aceptan si el que ofrece es un buen postor. Lo dejamos a su criterio.
Idiota e inevitablemente, en el esfuerzo por el
diálogo con el otro (a pesar de todo lo dicho anteriormente), el sujeto cualquiera
con quien se entabla la conversación en estos espacios para el baile, el trago
y el pucho, considera que una habla de política cuando en realidad se recurre
al sentido común porque se piensa que es un espacio común para la charla.
Error, eternamente errada: “Nena porque no hablas como una piba normal. Estos
no son lugares para hablar de eso. Sos una aburrida” ¿Por qué nos desubicamos
tremendamente de lugares, de textos, de sentidos, de poses, de pasitos de
baile?
No importa. Consigo uno y me pongo un pusch-up.
Chica puchup tengo que volverme. Siempre quise serlo. Me calzo los lentes de
contacto azules y salgo. Escucho: lo que me gustó de esa mina eran sus ojos. Pienso
en los zapatos. No me entran, tengo juanetes en los pies. Piso una baldosa floja
y me embarro. No me invitan a las fiestas. ¿Sabes qué? Dejá nomás.
Sin más ni más, vamos (des) pretendiendo ser una
chica pushup. Olvidate si pensabas otros finales para esta historia. Nos volvemos
una de ellos, aunque no nos quede el corpiño.
De Unknown en 9:38 0 comentarios
Etiquetas: chica push-up, push-up
lunes, 15 de octubre de 2012
Deseo, te corrí de lugar.
Ella dice: No se porqué corrió por ella. No se
porque tenía que hacer todo lo que políticamente se supone correcto. No entendí
porque al final se casaron si no se querían. Se hubiera ido con la primera mina
estándar que se cruce. Justo se cruzó con la incorrecta. Entonces se casaron.
¿Quién de los dos tiene las cosas demasiado claras?
O sería ¿quién las tiene más oscuras? ¿Quién
de los dos es más propenso a la caída, al bloqueo, al quiebre, a la duda, al
insomnio, a las siestas frustradas, a las noches atadas?
Vos y él. Ella y ella. Él y él. Nosotros (que no
tenemos ni modos de definirnos: uniformes, oscuros, ocultos, egoístas,
hipócritas, deseosos de terminar)
Vivimos entre inestabilidades. Me mareas entre
inestabilidades.
Cruzo las piernas para pensarte. Me recojo el
cabello para olvidarte. Escucho tus canciones para escribirte. Vas a mis
ghettos para acercarte.
Manejo la situación, me alejo. Apareces entre mis
versos. Te busco en otros lados. Te hablo pero me escuchan otros. Me escucha
otro. Vos ni siquiera te gastas en hablarme, preferís considerar mi eterno
manejo de cualquier ser. Prefiero esconderme detrás de esos versos.
“Solo me iré con vos si me escribís una canción que
hablé de mi. De cómo robé tu amor.”
Sigo escuchando tus canciones para pasar de las
ideas a las manos, a una caricia debajo de las sábanas de las palabras. Sigo
entre el deseo que nos mueve y nos ata en estos días. Nuestro deseo nos
encuentra cada lunes, cada martes, cada jueves. Nuestro deseo nos entretiene
deseando a otros, nos deja en el aliento que nos debemos.
Me pierde en la postura el deseo, me hace terminar
en las estructuras. Y es el deseo por el deseo mismo. El de encontrarnos a
nosotros en los besos de otros, en las manos de otros, en su piel. Nosotros
entre sus piernas.
Nos movemos en otros paradigmas. Antagónicos. Y es
por eso que nos contamos otras historias y entendemos siempre distintos los
finales, las tramas, los inicios. Y nos gusta pensarlos al revés, así tal cual como
son. Porque el presente, los inicios siempre son los últimos, los más alejados
del sentir.
Vos me escuchas, me acompañas en mi soledad. No
entendés lo que digo. Eso no importa. Hace mucho no queríamos escuchar nada.
En la película, el que había corrido atrás de ella,
luego la despacha en un taxi. ¿Para eso corrimos? ¿Para eso?
Ella me dice: Y para que sepas se casaron porque se
querían. Y para que sepas corrió hasta allá porque se querían.
¿Seguimos siendo los restos mal comidos, mal
cogidos? Seguimos siendo meros restos porque los restos no entienden de
cantidad y calidades. No pasan este tipo de testeos.
Y te sigo pensando atravesado entre mis otros.
Voy a dejar de lado el deseo cuando no te encuentre
más en mis discursos. Cuando no seas el destinatario de mis palabras. Cuando
deje de medir con varas de soledades ajenas. Cuando deje de correr el deseo de
lugar.
De Unknown en 14:34 0 comentarios
lunes, 3 de septiembre de 2012
Él no tenía quién le escriba
Y sos
vos, vos, vos, y sólo vos. Yo tomo nota.
Ese
era él sólo para él… y para el resto, era él también. Sigo tomando nota.
Él me
hablaba de él, para él, por él, a través de él. Yo seguía tomando nota.
Pero
como no soy buena con eso y nunca pude entender mi propia caligrafía es que
decidí hablar de él a sus espaldas, apelando a mi memoria y a las suyas (por
gusto (en) cargado)
Él no tenía quién le escriba mientras se
maravillaba con los colores de la ciudad cuando está más que oscuro que había
caído el sol desde hace rato.
Él no tenía quién le escriba pero creía que sólo
sus noches merecían ser contadas. Porque
eran solamente en sus noches -las que atravesaban su cuerpo, su mente (y
su/s soledad/es)- las que merecían renglones. Sólo eran sus noches las que
podían explayarse por hojas y hojas de fabulosas descripciones de señoras/señores
y señoritas/señoritos a quienes les robaba (o les robaban) sus noches; y que
como fantasmas se les aparecían cuando cerraba los ojos y su cabeza se apoyaba
en su almohada de recorte infantil.
Él no tenía quién le escriba y seguía empecinado en
sus ojos claros llenos de huecos, en su pose despojada de verdades y repletas
del qué dirán, en su pócima para ganar cada batalla, cada letra, cada canción,
cada partido, cada encuentro.
Él no tenía quién le escriba mientras no dejaba de mirar
las minas que entraban en su ombligo. Se metía el dedo, rasguñaba lo que iba
quedando. Se limpiaba y seguía de largo.
Él no tenía quién le escriba y juntaba las
moneditas para saber cuánta era su fortuna en discos, en minas, en palabras, en
(re) versos, en amigos, en enemigos, en contactos, en anécdotas.
Él no tenía quién le escriba pero estaba casi
encauzado en que llegaría el día en que podría sacarse las manos de los
bolsillos y señalar a un punto y de la nada, sin hacer esfuerzos ni moverse de
más encontraría lo que estaba buscando. Y que lo iría pateando como cualquier
latita que uno encuentra en la calle y que a uno le da gana de hacerse el gran jugador,
y la patea, y la pisa, y la aleja. Hasta que le iban a agarrar unas ganas terribles
de levantar la latita y meterla en el basurero de su corazón. Era simple, él no
tenía quién le escriba.
(Y nos daban ganas de hacer (nos) cada vez que
decíamos adiós, y cada vez que nos des/encontrábamos. Pero él no tenía quién le
escriba)
Él no tenía quién le escriba y su teléfono no
paraba de sonar. Y le escribían pero él no leía. Y él leía lo que no entendía,
y lo dejaba pasar. Y él hablaba pero no decía. Y cuando decía, lo decía para
él, entre las paredes, a lado de las paredes, debajo de las paredes y de las
sábanas, susurrando. Pero él decía de sí, solo de sí. Y se mareaba, se
maravillaba y repetía historias, y solicitaba que tomemos notas, que nos
perdamos en/tre sus victoriosas palabras. Pero él no tenía quién le escriba y
se moría de ganas de que alguna vez sus palabras de verdad le pertenezcan.
Me
tenía que sentar a escribir por en-cargos porque él no tenía quién le escriba.
Desde ahí es que empecé a pensarlo desde este lugar, que no es el mejor lugar que
se ocupar - pero es el único de mí para él. Y eso ya tenía demasiado valor
entre los dos. Y era
así que me tenía que sentar a lado de mis palabras y pensar (te) una vez más.
Pero esta vez, tan evidentemente como para ponerme incómoda en mi propia silla.
De Unknown en 18:10 0 comentarios
Etiquetas: decir, hablar de uno mismo, narcisismo, yo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



