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domingo, 10 de febrero de 2013

Somos meros documentos de Word. Pero somos.



Me detengo –siempre estoy en el mismo lugar- necesito escribir la farsa actual entre vos y yo. Somos farsa. Pero somos. Soy lo que vos me dejas ser, y vos siempre podés ser más de lo que pensas que sos.
Es mentira la verdad y existió en cada momento,  en cada lugar, en cada espacio que transitamos. Es mentira la verdad y existió porque solamente así todo se volvía realidad entre nosotros.
Cuando te escribo nos  podemos encontrar en cualquier lugar: eso es lo de menos. Lo que importa es el deseo de encontrarnos porque a partir de ahí todo queda en manos del destino (me gusta delegarle obligaciones). El sí que quiere y se empecina en juntarnos entre tanto barullo, entre tanta ciudad vacía y rellenada de a pocos y de a nada.

Me gustas porque nuestros besos son siempre los últimos.
Me gustas porque hago puntitas de pie para alcanzarlos.
Me gustas por cómo tus brazos me rodean.
Me gustas porque me empecino en encontrarte y me entretiene buscarte.
Me gustas por lo poco que se de vos y lo que te conozco.
Me gustas por lo eternamente inocente de nuestros proyectos ¿son míos?
Me gustas por la forma en que no compartís lo que creo que es la verdad.
Me gustas aunque ahora somos meros documentos de Word. Pero somos.

Es el deseo el que me trajo hasta acá. El me moviliza. Sin él no somos nada. El deseo me lleva hasta tu lectura, hasta los versos de otros para decirte lo que no puede ser pero es. Entre tus ojos descubro palabras que me acercan -que nos acercan- como mezquinas gotas de ilusiones, de pasiones, de deseos, de cosas que verdaderamente no se. Todo es mezquino: como vos y yo al dar amor.

Pienso en resúmenes, así vivimos. Resumimos para acordarnos, y así es que vivimos en el otro y vos podes vivir en mí. Y no iba a volver a suceder. Las pequeñas cosas que logran ser grandes deseos nos encandilan si nos miramos a los ojos. Y pareciera que no existiera nada más porque lo nuestro se vuelve eterno cuando me resigno a no dejarte ir en mis palabras.
Los pasillos de la vida se hacen rogar para encontrarnos: nos esquivan, nos zarandean, nos olvidan solamente para que no caigamos que en la mañana siguiente ya seremos los mismos.
Sabelo, sólo escribimos (y somos) fragmentos en documentos de Word

viernes, 1 de febrero de 2013

Algunas canciones y cuentas de amores



Me había pasado el tiempo haciendo pura cuentas de amores que no te enamoran (siempre podemos restar para sumar). En este tiempo solías decirme que me amabas cada vez que me odiabas. Y cuando empezabas a odiarme en serio, sabías que pronto nos olvidaríamos. Al hacer estos recuentos me había olvidado de decirte tantas cosas, así como se me pasó olvidarte (por mi propia conveniencia) se me pasó decirte todas esas cosas que ninguno de los dos quiere oír. ¿Qué esperan? No las pensaba decir en esta oportunidad.

Te sigo observando atravesando con veloces pasos mi cuerpo, mi alma, mi aliento, mi egoísmo, mis tontas palabras, mis años. Y yo te atravesé por completo al ser presencia en cada momento de tu esmero en olvidarme (que tan bien te sale). No lo íbamos a saber hasta tiempo después de todo: lo nuestro era más que lo que podemos sumar y restar con nuestros dedos y manos. Y aunque ellos no crucen las plazas juntas, se entienden, se reconocen, aunque jamás se hayan juntado.

Y pronunciaba carcajadas cada vez que su aliento me rozaba los dientes. Nunca había sufrido de eso que llaman cosquillas hasta que descubrí que él se concentraba tanto que me despertaba el deseo de saber qué tan concentrado estaba y cómo podía hacer para que se perdiera y cayera distraído ante mi afán por esquivar esos momentos.

Te desafíe. Te escribí esas canciones sin nombre que nos dedicamos cada vez que quisimos olvidarnos. Y yo estaba en cada paso, en cada construcción (al menos en el intento de no estar).  Las canciones fueron nuestras posibilidades de encontrarnos: las posibilidades del amor y del deseo se resumían y se extendían en aquellas letras. Pero en estos finales, tenía que confesarlo: las canciones habían sido tantas que poco a poco fueron perdiendo sus versos, sus melodías, luego sus colores y al fin sus sabores para solamente hablar de nosotros. Y habían perdido todo lo que les pertenecían y nos entregaron el tiempo para nuestra historia. 

Y jamás se te iba a ocurrir, pero cada noche nos acostábamos suspirando por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Lo que fue me lleva hasta vos, lo que pudo haber sido, me marea entre todo lo que decís.

lunes, 31 de diciembre de 2012

2013 versiones para poder encontrarnos





Eran necesarios: las velas en las tortas, los palitos en las paredes, los tachones en el almanaque. Nos ayudan a los más distraídos a no olvidarnos de que nos encontrábamos atravesando años y que eso -de muchas maneras- era significativo. En estos tiempos, volvemos a pasarle un trapo a los años que ya se nos van; pero se nos esconden debajo de las alfombras, solamente para poder aparecer cuando se les cante o cuando nosotros decidamos limpiar un poco de lo que fuimos.

Año 2012 me contaste nuevos cuentos, la mayoría eran reciclados de ayer.   ¡Pero qué más da si hablan tan bien de lo que fuimos! Y volvimos a re utilizar viejos dichos, estrategias, sentimientos. Volvimos a viejos amores, pasiones y ya no paramos de contar nunca más.

En tus días año viejo aprendí que muchas veces ‘somos’ para la foto. Somos jipis, pop, rockeros, ganadores, solidarios, altos, esbeltos, carilindos, comprensivos, humanos solamente para la foto. Y de lo que verdaderamente habíamos sido: ‘Bien, gracias’.

Asimismo, aprendí que ha pasado un año nuevo - que ahora ya es viejo- y que seguimos buscándonos y encontrándonos. Y eso es reconfortante, el encontrarnos para sentirnos como somos cuando estamos con el otro. Porque no me vine hasta acá para no encontrarme esos minutos con vos que son los que (nos) forman nuestra historia. Este año que se nos viene, no tengo más ganas de escuchar “¿sólo para eso te viniste hasta acá?”  Si, porque eso nos hace lo que somos, el otro y encontrarnos. Y es por eso que vale tanto la pena marcar un número y preguntarnos como estamos.

Y fue en este año, que se presentó haciendo ruido, y hoy se retira cansado, cansado de andar. Pero completo, vivido, andado, sentido. Y es que ahora como suele suceder en estos tiempos, me gustaría repasarte, solo un poco y para seguir perdiéndome con la costumbre.
- Año en el que volví a sentir, a producir. Año en el que sigo volviendo a ti, Destino. Regresando hasta ese lugar donde se encuentran las ollas de oro: al final de los textos, al final de mis palabras que siempre son comienzos, comienzos de los destinos.
- Año en que me ha asqueado mi exceso de protocolo. Es que me había tragado todas las mentitas viejas que tenía. Desde ahí ya no las necesite. Mi aliento era fresco, ya no teníamos remordimientos.
- Año en que encontramos apoyo y volvimos a creer en nosotros mismos, y en muchos de aquellos que habíamos dejado de creer. ¡Que más podemos pedir! Año en que siempre te necesite entre mis días. Siempre.
- Año en el que la soledad nos hizo dialogar con nuestros propios fantasmas. Esos de los cuales habíamos olvidado que existían y de esos que aparecen cuando llega la abstinencia.
- Año en que fuiste el mate amargo de mis mañanas, algunas frías, otras sola pero todas despierta.
- Año en el que comprendí que las historias y los planes de amor son como moños: se cruzan, se atan, y en final de su producción son hermosos. Pero siempre recordemos que con un simple tirón de cualquiera de los dos (o tres, o cuatro) lados, se desarma. Y todo vuelve a empezar. Y eso nos encanta. Y eso me encanta de vos.
- Año en que descubrimos el show tramado por el otro para mostrarse como es. Y no habíamos entendido nada, y siempre lo veíamos en espejos rotos.
- Año en el cual hemos confesado y mentido más de nuestras pretensiones sentidos y sentimientos. Pero habíamos creído más de lo que (le) queríamos al otro. Y no tuvo más sentido continuar hacia la distancia. Si estabas ahí entre mis días desde que nos permitimos entrar.
- Año en que nos desilusionamos porque las cosas no se mueven como nosotros queremos. Y nos despertamos desnudos y en el medio de la ciudad. Y nos despertamos desnudos y con ganas de vernos y no había nadie.
- Año en que nos dimos cuenta lo felices que somos en lo cotidiano. Cuantas manías inexplicables tiene el otro y lo grandes que estamos nosotros para no darnos cuenta que también las tenemos.
- Año en el que volvimos a valorar el encuentro con el otro.
- Año en el que seguimos sumando canciones que nos hablan de años anteriores y de este año que tanto se hizo vivir. Las canciones fueron malas, de moda, y algunas otras muy buenas y memorables. Pero me gustaría decirles, todas fueron igual de sentidas.

2012, me había propuesto más de lo que tus días me permitían y te abandone mareada entre mis metas. Me había olvidado: aún conservaba mentitas vencidas de años anteriores.

Así es que pongo un compilado para cerrar este 2012 que se me fue entre las ganas de verte y las ganas de encontrarnos, que exactamente no es lo mismo. Nos vemos con suerte desde lejos, de veces y en cuandos. Pero el encontrarnos es siempre más difícil; por eso alzo las copas -todas las que tengo a mi alcance- para que este año nuevo podamos encontrarnos aún más: con él y ella, entre nos, pero fundamentalmente con nosotros mismos.
Celebrar el hecho tan simple en su complejidad de habernos conocido, y cuánto nos duele dejarnos, y cuánto de felicidad tiene todo esto.
Brindo también por un año que nos siga haciendo aprender las mismas cosas que ya pensamos que habíamos aprendido el año que se nos pasó.
Por un año en que no nos preocupe tanto ser suyos y de otros, sino en el cual podamos embarcarnos verdaderamente en viajes de nuestros propios placeres con el otro.

¡Amigos: Por un nuevo año, mejor, siempre mejor, y siempre nuestro! ¡Por 2013 versiones para poder encontrarnos! ¡Paz!

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Sobre lo poco que se de vos




Me había levantado más temprano de lo que recordábamos nos podíamos despertar. Es que ya no podía dormir. No dejaba de pensarte. Quería saber por qué lo hacía, por qué estabas ahí entre mis pensamientos, mis proyectos, mis idas y mis vueltas (que eran míos y vos andabas ocupando espacios entre ellos) Y se que aquí era una manía absurda: siempre tenía y pretendía (me empecinaba) en saber los porqués.

No lo entendía: ahí estabas. Pero lo que recordaba de vos era tan poco. Tenía que hacerlo a partir de los recortes que res/guardaba debajo de mi almohada. La tarea me resultaba algo así como compleja, tanto que sólo llegaba a encontrar algunas piezas que me confundían aún más: “recordar que no tenemos nada que ver”, “no olvidarme de que ronca”, “cómo dejar de lado los besos” y la imagen de tu sonrisa inolvidable.

Ahí estábamos arriba de nosotros mismos: nos miramos, nos olfateamos, nos deseamos. ¿Soy yo cuando estoy con vos? ¿Más de mí misma? ¿Hasta donde nos perdemos en lo que no somos pero fuimos? ¿Dejamos de ser para ser otros mientras que recordamos los otros que fuimos?

Exclusivamente sobre nosotros (sí, nosotros):
Puse a lavar la ropa. Necesitaba olvidarte. Me preparé un mate, me senté frente al teclado. Necesitaba decirte.
¡Igual, no ibas a escuchar! ¡Igual, no ibas a leer!
No importaba. Era esto de volver inmemorial lo que te negás a llamar ‘nosotros’.
¿Qué más da eso si cada vez que pretendemos decir adiós no nos dejamos ir? Y cuando ya no estamos ¿dónde guardamos al otro? ¿Dónde guardamos lo que no puede ser? ¿Dónde escondemos nuestras diferencias, nuestro deseo, nuestros silencios, nuestras penas y alegrías?

Sabía que estaba siendo necesariamente idiota. Necesitaba ser una idiota para (re) volver una historia que la tenía perfectamente definida. Pero vos te me atravesaste y no me dejaste ni poder pensar en cómo mentir un no: un no quiero. Vos estabas ahí como ayer con tus luminosos ojos y apenas me atrevía a ver entre tu sonrisa y tus besos mi deseo indecible de volverte a ver.

Era nuestra historia, sí nuestra. A la cual se le había salido la cadena antes de comenzar a andar. Y cuando queríamos echarnos a pedalear nos lastimaba las piernas que nos imposibilitaba por largo rato poder seguir andando por estas calles que nos suelen cruzar entre una vez y un cuanto, y que nos hace caernos en las veredas mal trechas de nuestros deseos.

Empezaba a llover. Arrastramos la bici e igual nos empecinamos en caminar tomados de la mano. Es que fue así: pudimos ser siempre bajo la lluvia, sólo bajo de ella.

Lo que pasa es que nosotros no entendemos del frío. La temperatura bajaba y no nos hacía mal. Lo que sucede es que no sabemos ver el frío. No sabemos manejarlo, controlarlo. Y cuando hace frío nos volvemos más susceptibles, más un tanto idiotas, un tanto perdidos.

Y te abrazaba empecinada en que hacía el frío de ayer, pensando en que podría ser como antes cuando ya no nos acordamos. Y te aseguraba en que todo podría ser igual mientras te contaba mis proyectos y yo como suele suceder, no entendía nada. Y vos nos proyectabas y yo no estaba ahí porque aunque te empecines en decir que sí, siempre estuve en otro lado en tus días.

Bajo la lluvia fue todo más fácil. Fue todo posible: los planes, las ideas y los sentimientos. Luego despertamos y mareados por todo lo que no pudo ser, decidimos alejarnos (decidiste, aunque la que me había ido era yo). Me había ido antes de que me olvides.

Quizá pasará el tiempo cuando no nos volvamos a reconocer salvo hasta cuando nuevamente haga puntitas de pie para alcanzarte y cruzar nuestras miradas y todo vuelva a se posible entre nosotros (sí, entre nosotros porque para mí no había nadie más). Y no vamos a entender qué significa lastimarse y qué paso ayer porque lo único que tiene valor es el (re) encontrarse.
¿Qué más da la distancia y las diferencias si nos hemos cruzado y nos hemos mirado? ¿Qué más da si todo lo que hemos sentido está por sobre lo que no hemos dicho... por sobre lo poco que se de vos?

Las canciones ya no eran tantas. Y así como los  primeros besos son riquísimos, luego el foco de atención se va para otros lados. Y nos perdimos, nos fuimos, te fuiste, decidiste irte cuando se interpuso mi jipismo desactualizado y tu fidelidad en formol.

Pongo a lavar la ropa, mojada de vos. Me alejo del teclado. Seguramente estoy diciendo (te) más de lo que podemos escuchar.



jueves, 29 de noviembre de 2012

Chica pusch-up


Y entreverada por lugares que nada tienen que ver con nada, te das cuenta que ya estás aún en otro lado cuando tu ropa “de boliche” no varía de tu atuendo social cotidiano. Y no hay push-up que te entre ni tanguita que tengas ganas de sufrir. De eso no queda nada, y el resto está más bien a la vista. Pero nos sentimos bien, nos sentimos con estas ganas “locas” de escribir con el ojo en el otro y en sus inseguridades que son /al final/capaz/muy tal vez/ las nuestras.

Me considero completamente incapaz de levantar y entablar una conversación con un pibe en el boliche. ¡Puf! Taradeces. No más que puras verdades. Hay que manejar los códigos de chica push-up, que trataré de describirlos aunque son más complejos de lo que pensamos.

Las chicas push-up se cuidan del que dirán. Cruzan las piernas y se sientan a esperar. No pueden estar a solas con un varón. Él es amenaza. Él es la materialidad del engaño. Aunque sin embargo, ellas nunca están solas. Se la pasan mandando mensajes. Mensajean. Tuitean. Guasapean. Megustean. Chatean. Comentan. ¿Cuándo dejamos de mirarle a los ojos al otro?

A las chicas pusch-up no las despachan en un taxi. Ellas no entienden porque se deben retirar de un sitio pasada determinadas horas. Eso es engaño, eso es manchar su reputación. ¿Tomamos el mismo taxi? ¿Te podés retirar?

Las chicas push-up /cuando y sí/ cogen lo hacen con ropa interior a estrenar.  De esta manera, podemos contar el número de cada acto. No se tocan y les da asco tacar al otro. En el micro, en el super, en la calle. No se tocan. En sus casas, en los autos, en las esquinas. No se tocan. Las chicas push-up suelen dejar hirviendo el agua para el mate. Y siempre hay uno que dice: “es que vos nos sos una piba normal como las otras. A vos si te puedo decir que sólo quiero garchar y no me interesa si acabas porque seguro tampoco te importa” ¿Hasta cuándo el goce del otro no forma parte del mío?

Las chicas push-up re-conocen cualquier indescifrable tema del momento. Las chicas push-up siempre quieren un buen bailarín que les zarandee los sueños y las ganas. ¿Porque hay otras que se fijan en los en chicos que no bailan?

Ya en los espacios bailables, la fastidiosa violencia empieza en el ofrecimiento degenerado de un trago aguachento. Nos debería dar asco pero no. Las chicas push-up tengan la edad que tengan, el recorrido que tengan, aceptan si el que ofrece es un buen postor. Lo dejamos a su criterio.
Idiota e inevitablemente, en el esfuerzo por el diálogo con el otro (a pesar de todo lo dicho anteriormente), el sujeto cualquiera con quien se entabla la conversación en estos espacios para el baile, el trago y el pucho, considera que una habla de política cuando en realidad se recurre al sentido común porque se piensa que es un espacio común para la charla. Error, eternamente errada: “Nena porque no hablas como una piba normal. Estos no son lugares para hablar de eso. Sos una aburrida” ¿Por qué nos desubicamos tremendamente de lugares, de textos, de sentidos, de poses, de pasitos de baile?

No importa. Consigo uno y me pongo un pusch-up. Chica puchup tengo que volverme. Siempre quise serlo. Me calzo los lentes de contacto azules y salgo. Escucho: lo que me gustó de esa mina eran sus ojos. Pienso en los zapatos. No me entran, tengo juanetes en los pies. Piso una baldosa floja y me embarro. No me invitan a las fiestas. ¿Sabes qué? Dejá nomás.

Sin más ni más, vamos (des) pretendiendo ser una chica pushup. Olvidate si pensabas otros finales para esta historia. Nos volvemos una de ellos, aunque no nos quede el corpiño.


lunes, 15 de octubre de 2012

Deseo, te corrí de lugar.



Ella dice: No se porqué corrió por ella. No se porque tenía que hacer todo lo que políticamente se supone correcto. No entendí porque al final se casaron si no se querían. Se hubiera ido con la primera mina estándar que se cruce. Justo se cruzó con la incorrecta. Entonces se casaron.

¿Quién de los dos tiene las cosas demasiado claras? O sería ¿quién las tiene más oscuras?  ¿Quién de los dos es más propenso a la caída, al bloqueo, al quiebre, a la duda, al insomnio, a las siestas frustradas, a las noches atadas?
Vos y él. Ella y ella. Él y él. Nosotros (que no tenemos ni modos de definirnos: uniformes, oscuros, ocultos, egoístas, hipócritas, deseosos de terminar)

Vivimos entre inestabilidades. Me mareas entre inestabilidades.
Cruzo las piernas para pensarte. Me recojo el cabello para olvidarte. Escucho tus canciones para escribirte. Vas a mis ghettos para acercarte.
Manejo la situación, me alejo. Apareces entre mis versos. Te busco en otros lados. Te hablo pero me escuchan otros. Me escucha otro. Vos ni siquiera te gastas en hablarme, preferís considerar mi eterno manejo de cualquier ser. Prefiero esconderme detrás de esos versos.

“Solo me iré con vos si me escribís una canción que hablé de mi. De cómo robé tu amor.”
Sigo escuchando tus canciones para pasar de las ideas a las manos, a una caricia debajo de las sábanas de las palabras. Sigo entre el deseo que nos mueve y nos ata en estos días. Nuestro deseo nos encuentra cada lunes, cada martes, cada jueves. Nuestro deseo nos entretiene deseando a otros, nos deja en el aliento que nos debemos.
Me pierde en la postura el deseo, me hace terminar en las estructuras. Y es el deseo por el deseo mismo. El de encontrarnos a nosotros en los besos de otros, en las manos de otros, en su piel. Nosotros entre sus piernas.

Nos movemos en otros paradigmas. Antagónicos. Y es por eso que nos contamos otras historias y entendemos siempre distintos los finales, las tramas, los inicios. Y nos gusta pensarlos al revés, así tal cual como son. Porque el presente, los inicios siempre son los últimos, los más alejados del sentir.

Vos me escuchas, me acompañas en mi soledad. No entendés lo que digo. Eso no importa. Hace mucho no queríamos escuchar nada.

En la película, el que había corrido atrás de ella, luego la despacha en un taxi. ¿Para eso corrimos? ¿Para eso?
Ella me dice: Y para que sepas se casaron porque se querían. Y para que sepas corrió hasta allá porque se querían.
¿Seguimos siendo los restos mal comidos, mal cogidos? Seguimos siendo meros restos porque los restos no entienden de cantidad y calidades. No pasan este tipo de testeos.

Y te sigo pensando atravesado entre mis otros.
Voy a dejar de lado el deseo cuando no te encuentre más en mis discursos. Cuando no seas el destinatario de mis palabras. Cuando deje de medir con varas de soledades ajenas. Cuando deje de correr el deseo de lugar.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Él no tenía quién le escriba






Y sos vos, vos, vos, y sólo vos. Yo tomo nota.
Ese era él sólo para él… y para el resto, era él también. Sigo tomando nota.
Él me hablaba de él, para él, por él, a través de él. Yo seguía tomando nota.
Pero como no soy buena con eso y nunca pude entender mi propia caligrafía es que decidí hablar de él a sus espaldas, apelando a mi memoria y a las suyas (por gusto (en) cargado)

Él no tenía quién le escriba mientras se maravillaba con los colores de la ciudad cuando está más que oscuro que había caído el sol desde hace rato.

Él no tenía quién le escriba pero creía que sólo sus noches merecían ser contadas. Porque  eran solamente en sus noches -las que atravesaban su cuerpo, su mente (y su/s soledad/es)- las que merecían renglones. Sólo eran sus noches las que podían explayarse por hojas y hojas de fabulosas descripciones de señoras/señores y señoritas/señoritos a quienes les robaba (o les robaban) sus noches; y que como fantasmas se les aparecían cuando cerraba los ojos y su cabeza se apoyaba en su almohada de recorte infantil.

Él no tenía quién le escriba y seguía empecinado en sus ojos claros llenos de huecos, en su pose despojada de verdades y repletas del qué dirán, en su pócima para ganar cada batalla, cada letra, cada canción, cada partido, cada encuentro.

Él no tenía quién le escriba mientras no dejaba de mirar las minas que entraban en su ombligo. Se metía el dedo, rasguñaba lo que iba quedando. Se limpiaba y seguía de largo.

Él no tenía quién le escriba y juntaba las moneditas para saber cuánta era su fortuna en discos, en minas, en palabras, en (re) versos, en amigos, en enemigos, en contactos, en anécdotas.

Él no tenía quién le escriba pero estaba casi encauzado en que llegaría el día en que podría sacarse las manos de los bolsillos y señalar a un punto y de la nada, sin hacer esfuerzos ni moverse de más encontraría lo que estaba buscando. Y que lo iría pateando como cualquier latita que uno encuentra en la calle y que a uno le da gana de hacerse el gran jugador, y la patea, y la pisa, y la aleja. Hasta que le iban a agarrar unas ganas terribles de levantar la latita y meterla en el basurero de su corazón. Era simple, él no tenía quién le escriba.

(Y nos daban ganas de hacer (nos) cada vez que decíamos adiós, y cada vez que nos des/encontrábamos. Pero él no tenía quién le escriba)

Él no tenía quién le escriba y su teléfono no paraba de sonar. Y le escribían pero él no leía. Y él leía lo que no entendía, y lo dejaba pasar. Y él hablaba pero no decía. Y cuando decía, lo decía para él, entre las paredes, a lado de las paredes, debajo de las paredes y de las sábanas, susurrando. Pero él decía de sí, solo de sí. Y se mareaba, se maravillaba y repetía historias, y solicitaba que tomemos notas, que nos perdamos en/tre sus victoriosas palabras. Pero él no tenía quién le escriba y se moría de ganas de que alguna vez sus palabras de verdad le pertenezcan.

Me tenía que sentar a escribir por en-cargos porque él no tenía quién le escriba. Desde ahí es que empecé a pensarlo desde este lugar, que no es el mejor lugar que se ocupar - pero es el único de mí para él. Y eso ya tenía demasiado valor entre los dos. Y era así que me tenía que sentar a lado de mis palabras y pensar (te) una vez más. Pero esta vez, tan evidentemente como para ponerme incómoda en mi propia silla.