BLOGGER TEMPLATES AND TWITTER BACKGROUNDS »

lunes, 29 de septiembre de 2014

También se escribir en modo cobarde



Me comunico mediante preguntas. Pero a vos jamás te hice ninguna. Me contuve pero no porque no las tenía de las audaces y astutas, sino que fue por falta de valentía. Y quizá porque son de esas preguntas para hacerlas solamente en persona. Y las veces que nos vimos nunca nos sobró el tiempo para preguntarnos nada.
No es la primera vez que nos decimos adiós. Sucede cada vez que el miedo nos sujeta los pies. ¿Tuvimos más vueltas que idas?
Se que te vas a levantar de ahora en más y de ahora en menos cada día de tu vida pensando en nosotros. Y no digo en mí porque los dos no hemos sido nunca algo meramente en persona. Y es así que vas a pretender enamorarte de esa chica que no lee pero que en sus pocas palabras y muchas nueces vas a encontrar menos número uno de listas de música pop. Carpetas que dicen “músicas”, pero no dicen nada. La vas a sorprender con temas que hablan de ayer y tienen una foto de alguien en ojotas.
Mientras que yo me voy a despertar cada día pensando si vas a volver hoy. Voy a seguir leyendo y estando con alguien que ha leído. Voy a sorprenderlo con temas de ayer que hablan de lo que nosotros no pudimos ser pero en versiones graciosas para tentarle al destino nomás. No voy a pensar en vos cuando llueva porque ya ocupa otro ese lugar. Es que nunca hablamos de exclusividades. Pero te voy a recordar siempre antes de que salga el sol en invierno y me encuentre tomando mi café con leche frente a un monitor en blanco. Te voy a recordar también cuando una mosca verde no me deje dormir la siesta.

Solo sentimos cuando olvidamos. Ese proceso que tanto quise esquivar cuando te conocí. Pero vemos que tan imposible es que me tiene atrapada aquí escribiéndote. Es que nos vi en esta película; a vos fingiendo abrazos que solo se pueden ver mediante caricaturas de Liniers, y a mí transvistiendo amores.

Yo te hablo a vos pero en modo cobarde. Es que solo fuimos la cáscara de algún destino. 

martes, 31 de diciembre de 2013

2014, por otro año para recordar




Me abstengo a las recurrentes quejas y críticas dirigidas a los que solemos hacer memorables los finales de años. Son momentos en los que podemos compartir una especie de “resumen de memoria”, como me gusta decir, de lo que hemos sido durante un pequeño lapso del tiempo. Por supuesto que pretendemos recordar las cosas como han sido, pero más nos encanta traerlas a escena de modo que queden mejor en nuestros discursos. Discúlpenme, entonces, mi selectiva falta de memoria. Así es que creo que la necesidad de decirte que estás, es tan necesaria en tiempos de redundancias de finales de año, de ciclos, de idas y vueltas, en tiempos donde decimos poco no por falta de palabras, sino por falta de memorias que nos justifican tantas veces los descuidos.

Y recuerdo, hago un esfuerzo, me gustaría comenzar con alguna frase pomposa –de citas que nunca cito- con las que me encontré este año. Reciclo cosas de ayer. Capaz este texto ni siquiera sea de mi autoría, por supuesto, como una caradurez mía hacía todo lo que somos a partir de los otros.

Me suele pasar en estos años que uno nuevo me encuentra entreverada con el anterior, acarreando esos mismos libros, historias de ayer, mi mochila de siempre a medio armar. Pero no me hago mucho drama, es que estoy segura que las distinciones de un año hacia el otro son meros acuerdos formales para que no nos perdamos en los tiempos, para que nos sirvan de mapas guías. Porque de lo que estoy segura que un cambio de año nada tiene que ver con cambios tajantes, idas al gimnasio (pago por año adelantado), nuevas dietas alimenticias y de otros amores. Es que vamos siendo lo que somos cada día, porque ya mañana quizás me olvide. Y es así que nos encontramos entreverados, vos y yo, en los años y en la vida – y seguramente en todo eso que vendrá. Y es por esto que estoy cada vez más confiada en que los límites y las fronteras son más costosos de distinguir, de (sobre) vivir.

En (su) fin (al), el 2013 es otro año para recordar, que nos ha posibilitado, sobre todo, proyecciones, un empujón para adelante, que implica un mayor compromiso con nosotros mismos porque todo está siendo en el proceso. Proyectamos ¿ahora comenzamos?
Un año en el que sume eternamente felicidades, que no me alcanzan con los dedos de la mano ni los centímetros del corazón para contarlas, que se me ensanchó de pura felicidad para siempre.

Un año en el que me (re) encontré con personas profundamente solidarias, comprensivas. Un año en el que pudimos volver hacia lo más sencillo y abarcador, hacia el disfrute del encuentro con el otro. Un año en que nos encontró cada momento que quisimos. Porque habíamos descubierto que los encuentros con el otro eran autogestionados, y nada tenían que ver con eventos creados en redes sociales, sino con el deseo de vernos en los ojos del otro. Un año en que me mostró lo maravilloso de habernos encontrado. Eso era lo que a mi me gustaba llamarle destino.

Un año en el que por primera vez – y por suerte, solamente por unos momentos- le vi la cara al miedo. Y no nos queremos volver a cruzar nunca más. No le caí para nada bien. Yo ya lo olvidé.

Un año en que me golpeó el darme cuenta que la crítica constante no es revisionista y que tantas veces carece de buenas intensiones. Definitivamente, no sirve, no construye y no dignifica. Sigo pensando en que debemos quitarnos la armadura desde la cual señalamos todo, bajar un cambio, relajarse, que el otro que tanto criticás también tiene tu mismo derecho a seguir andando

Un año en que me demostró que debemos continuar con la vigilancia a los que todo el tiempo ven los vasos medios vacíos ¿Acaso no se toman unos días, unos vasos?

Un año en que me encontré con que las decisiones que hemos tomado nos han colocado en este lugar y que ese lugar es uno entre tantos otros donde podemos estar, si es que seguimos en la búsqueda.

Otro año en que destaco y celebro el tiempo del otro-de vos- al dedicarle a mis líneas.

Y me fui dando cuenta que el cambio de los años tiene una gran importancia, son rituales necesarios para no perdernos. Pero sin embargo, cada vez desconfío más en la responsabilidad que le damos a los cambios de almanaques como cambios de vida de un tirón de papel ilustrado con olor a nuevo.

Un año en que caí en la cuenta de lo perdidos que estamos cuando el amor por el otro nos deja de incomodar. ¿Dónde estamos parados, para donde vamos? Pero fundamentalmente, ¿qué hemos sentido verdaderamente?

Y los teléfonos no paran de sonar, los mails llegan por decenas, nos etiquetan en fotos de ayer que pareciera que ya no somos. Nunca pensé que una etiqueta tendría tanto valor. Sí, esas etiquetas que encierran en cuadraditos nuestros rostros ¿será que estas etiquetas sí están libres de preconceptos? Y nos desbordamos de solicitudes de amistad ¿desde cuándo ser amigos se corresponde con una notificación –aceptar, eliminar, decidir más tarde? En tiempos donde todo pareciera que debe ser notificado, avisado, alarmado ¿alarmante? Yo te invito a encontrarnos en cualquier lugar.

2013 te me vas a medio armar pero repleto, cargado de sueños, amores y felicidad.
¡Bienvenido 2014! Por un año en que no debamos justificar una y otra vez porque estamos acá, que lo puedan ver en nuestros ojos, nuestras acciones, nuestro andar. 2014 ¿nos damos tiempo o vivimos en encrucijadas?

¡Amigos, excelente nuevo año!







lunes, 19 de agosto de 2013

Mis cien publicaciones en trece pares



Y cumplo cien publicaciones. Y cumplí veintiséis. ¿Será tiempo de enumerarnos? ¿Seguir rayando con palitos la pared, con barras y porotos?
                   
I. Las palabras en frases festivas deberían salir de mí.
II. Las veces en que creí volver
III. Las veces en que creí no mentir
IV. Los días en que te perdí.
V Mano llena, corazón contento.

Cumplo cien años, veintiséis publicaciones. Este año nos encontró entreverados con el anterior. Y las fronteras entre uno y los otros (y entre nosotros) no se llegan a notar.

VI. Yo me perdía en tus besos. Y cuando nos mirábamos a los ojos ya nada pudo ser igual.
VII. Vos te perdías  en las importancias de los finales.
VIII. Yo me conformaba con esos primeros mates de la mañana.
IX. Me resultaban tan deliciosos como encontrarte en mis palabras.
X. Vos te negabas a una siesta continuada.

Mis publicaciones me hablan de mis años, doce, dieciocho, tres, veintitantos. Y es así, una se resiste a seguir andando como si nada sin la necesidad de ponernos a narrar.

XI. Entraste en mi vida en cámara lenta.
XII. Nunca filmamos los inicios.
XIII. Siempre están bien enfocados los finales.
XIV. Cumplíamos pero nos mezquinábamos los créditos.
XV. Nuestra historia es canción para cortina de filmación de fiesta de quinceañera.

Mis años me encuentran con mis palabras. Y se que te vas a quedar en mi memoria porque te volviste canción. Inmemorial.

Mis años me enamoraron con su soledad que es tan parecida a la mía, que está tan perdida como la mía. XVI.
Mis años me enamoraron con su soledad, la que me dio la silla para esperarnos. XVII.
Mis años me enamaron con su soledad, la que me miraba a los ojos y me largaba el humo del pucho en la cara. XVIII.
Mis años me enamoraron con su soledad, al igual que de mentiras me había enamorado de algunos años. XIX
XX. El primer amor jamás se termina.

Conté dos décadas, un lustro y sumamos una rayita. Notamos que cada una de mis palabras hablaban de vos.

XXI. No nos permitimos no siquiera hablar de amor, poder problematizarlo, hacerle un par de preguntas.
XXII. Creemos que nos encontramos tan avanzados que no nos permitimos ese tipo de flaquezas, debilidades.
XXIII. ¡Qué las tengan los otros! Los que viven del sentido común. 
XIV. Son como objetivos pelotudos que nos ponemos.
XV. Tenemos que hacer tal cosa y vamos, hinchamos, pinchamos, hasta que forzados, nos salga.

Y últimamente volví a no entender nada. Si algo tiene sentido entre nosotros, ese sentido te lo debo. No cargo mi mochila de sentidos, la tengo perdida hace rato.
Seguimos mintiéndonos y diciendo la verdad, sin distinguir grandes rasgos entre unos y otros. Nada nos pertenecía, es decir, nada del otro. Pero íbamos cada vez más profundo y no sentíamos nada. No abríamos los ojos.

Sin embargo, aquí estás ¡XXVI! Y creo q es hora de levantar la copa, los brazos, la mirada. Y continuar, siempre para ese lugar que nos sigue encontrando pese a los años que no supimos contar.

18 de agosto de 2013



miércoles, 24 de julio de 2013

Unos, Ceros: por cada click invertido


 


Caracteres. Ceros y unos. Entre eso andamos insertos. Insertos como chips y esperando.

Se sentaba todas las siestas y las noches esperándola a ella. Eran sus modos de conectarse, de poder estar juntos ¿Quién iba a decidir hoy en los mundos en los que andamos que es lo real y lo que tiene sentido? A veces no necesitábamos tocarnos para entendernos. Y a veces cuando nos tocamos no sentimos nada. Prefería ese sutil placer de los dedos al teclear, nada de su cuerpo era tan placentero para él como ese sentido que se extendía. No había más que ceros y unos, camuflados en bellas realidades en alta definición.
Así andamos, solitarios. Solos con nuestros dedos, con nuestros sentidos.
Habías sido real mientras que nunca nos habíamos visto. Ahí eras magnífico, me encantaba cómo te creabas, me desarmabas, me desnudabas de palabras aunque sólo pudiera leerte. Ahí podíamos llegar, y los otros se iban desvaneciendo. Eso creíamos, porque los otros tenían sus propios espacios para nada incómodos, podíamos ser muchos otros al mismo tiempo. Eso nos encantaba. De eso hablábamos. Eso éramos.
De esa manera, te seguía en cada movimiento. No te esperaba a la salida de tu casa ni del trabajo. Menos iba al mismo boliche que vos ni concurría al mismo supermercado. Pero podía seguirte, espiarte íntimamente aunque lo que hacías era público. Así sabía todo lo que te gustaba, qué discos nuevos tenías, que estabas escuchando o leyendo, qué línea política preferías y cuál era tu árbol genealógico, sobre tus amigos, de qué estabas hablando en ese momento, o lo que estabas comiendo. Sí, sabía todo sobre vos. Todo lo que mostrabas ¿acaso no es así en todos los espacios? ¿Cuánto mostramos al otro? Y pensé que no variaba demasiado de lo que mostramos en una red social. Acaso acá también vivimos, dormimos, nos instalamos, construimos.

¿Hace cuanto no nos miramos a los ojos? Si te veo y no puedo despegarme de tu mirada. Pero acá nos miramos reflejados en nuestras propias soledades en una pantalla que brilla, que nunca se apaga, que nunca termina. Y es así que algunos creen aún que  nos miramos ¿Pero si somos bellos mostrando nuestros mejores lados, perfeccionados con cada click invertido?
Así nos encontramos tan desnudos y desprovistos de nuestras mejores fotos. Y si no te reconozco cuando nos encontremos en esa parada de colectivos es porque resulta interesantísimo hacerme el interesante. Vos sabes que yo se. Yo se que vos sabes. No importa, es mejor ser totalmente en otros lados, donde todo pueda ser apagado, donde todo pueda ser sobreactuado.


lunes, 8 de julio de 2013

Cuentos dentro de cuentos




Creo que al salvarme en tus días, yo te empuje un poco.
Creo que al salvarme en tus días, me empuje a mi misma hacia más cuentos dentro de cuentos.
Creo que nos apretujamos. Creo que en esos momentos resumimos nuestra felicidad. Creo que es lo único que vale entre nosotros dos.

Ya lo sabemos, perdí. Ahora ninguna de tus nuevas palabras me pertenecen.
Perdí, pero al hacerlo, me encontré –lejana- pero más libre.

No me importa ser evidente, no me interesa quedar mal o bien esta vez y que en cada palabra estés vos. ¿Para qué ocultarlo? ¿Para quién, para quiénes? Acá solo me encuentro con mis palabras.

Sin embargo, a mi no me dolió nada. Y eso fue lo que lastimó: que nada haya existido, y que todo nos haya confundido sin explicaciones. Y ya no reconozco si éstas son mis verdaderas palabras o las saqué de un muro prestado.

No te olvides que mentís al igual que yo. Y mentís amor, igual que yo ¿qué nos diferencia? En qué vos te crees cada palabra, y yo me creí cada beso. Pero, otra vez ¿Qué es lo que nos diferencia? Lo que nos diferencia es lo que nos aleja: lo que nos hace ser lo que no somos y lo que no seremos nunca.

Me alejo, debo correrme de lugar, mutar, desaparecer mientras observo lo que pasa afuera. Ella tan poco yo, por suerte. Y vos: tan otro, en buena hora, pensé

No espero, y sin embargo nos encontramos sentados muy cómodos mirando el ayer. No podemos negarlo: nos vamos a esperar a cada momento como si fuera que alguna vez vamos a cruzarnos en nuestro destino, dejar mochilas y hacer como si verdaderamente  ya nada importe. Te aclaro, los tiempos de películas son de otro tiempo, al igual de lo que soles escribir escondidos bajo garabatos.

Así es, confío que volveremos cuando nos olvidemos porque seguramente nuestro destino esté abierto, así como nuestros días juntos y toda esa historia que nos debemos. El resto es cuento, cuentos dentro de cuentos.


martes, 21 de mayo de 2013

Cada vez que se nos mojan los pies



 Otra vez llueve. Es la oportunidad para encontrarnos pero sigo atornillada a mi silla. Y me quiero acercar a vos pero no puedo. Empujo la silla, me inclino, me mareo. A veces caigo. Y me quiero acercar a vos pero no me dejás. No me dejás de ninguna manera: no puedo ir a buscarte, pero no me dejás, no me soltás, nos atamos las manos cada vez que nos mentimos adiós.

Llueve y nos miramos en películas. Los malos en los films son los mismos personajes que en nuestras historias. Ellos no tienen escrúpulos. ¿Acaso dije escrúpulos? Creo que miro demasiadas de esas películas. Cabe destacar igualmente que los malos de película a veces cambian y no por eso en ese momento pasan a ser mentiras todo lo que dijeron. Es decir, todo lo que fueron.

La película va pasando. “Me gustaría besarte en cualquier lugar”, le dice. “Me gustaría quedarme entre tus brazos hasta que nos escapemos y sigamos mirándonos a los ojos”, sentencia. “Me gustaría poder decirte esto y que me escuches”, asegura. “Me gustaría que sólo por unos minutos hubiéramos podido cambiar. Y hoy estaríamos en otros lugares; y hoy al menos hubiéramos sabido cómo era el otro”, reclama.
Decir, sentenciar, asegurar, reclamar. Siempre hay más peros en el decir.
Admito que luego me dormí en la película. Es que la película entre nosotros fue pasando, pasando y ¿pasó?

Creo que todas mis palabras te suenan a falsas. Pero no puedo salirme de este ciclo. No quiero que te salgas de mi vida. Te quiero en mí, te quiero aquí. No quiero que te vayas. Esto me suena a que lo saqué de alguna película. Capaz por eso siempre mis palabras te suenan falsas.

Puse pausa, igualmente la película siguió su curso mientras que escuchaba llover afuera. Él apareció de repente y le gritó: “no se querer de otra manera, no se retenerte, no se alejarme, no se mirarte detrás de mi vida, en el pasado. No te puedo dejar de ir. Te quiero tener entre mi aliento, entre mi destino.”

Ella se tapaba los oídos. Ella no entendía nada. Susurraba una y otra vez: “No se escribir con palabras raras”. Y rápidamente pensó: “No se decir lo que no sienta y es por eso que caigo, me equivoco, tiemblo. Es por eso que te pierdo, que te extraño y no podemos estar juntos. No se decirlo de otra forma.”

Suspendo la película. Ya teníamos demasiado con nuestro hacer cotidiano para más escenas armadas. Es que te me aparecías entre las escenas, salías de la pantalla, me hablabas, me olvidabas. Hubiera querido decirte que te hubiera querido en mis días, que hubiera querido tu sonrisa inolvidable  cada vez que pudiera (hecha un bollito en mi bolsillo de la campera de siempre)
Pero en eso que soy, estoy. Lo que viste aquella vez que nos mojamos los pies. Es en eso que soy, estoy. Soy ese fantasma a la mañana, la mala de la película cuando me alejo y te digo que te necesito.
Si. Soy eso y capaz nada más. No sigo siendo yo. Soy el fuego que se fue. No creo en las cenizas. No me lo creo. Y no creas en mi cuando te necesite.

Me mareo entre las oleadas del deseo. Afuera llueve y no estamos.
No nos pertenecemos. No nos perteneceremos jamás. Y eso no nos quita el deseo por el otro. Eso no borra las  huellas de tus manos.
Y te recuerdo cada noche. Y vos me pensás en cada otro beso que das.
Cierro los ojos. Quizá este dormida. Necesito sentir tu presencia, preciso volver a tu ausencia. Recurro a tu olvido, a tu permiso para dejarte a un lado cuando veo que ya no podemos manejar más la situación.
Si, es verdad. Escarbe para llegar hasta vos. Y no puedo. Y me pierdo. Y no podemos ser. Te hago mal. Lo se. Te miento. Lo se. Me esquivas. Lo se. Nos evitamos. Nos buscamos. No nos decidimos a decirnos adiós, a admitir que esto ya no puede ser.  

Seguramente seguiremos enamorándonos del otro cada vez que nos veamos. Y seguramente cada vez que nos veamos  luego de largo rato no podremos evitar querernos hasta el último segundo. Y en el volver a vernos en el cotidiano, nos lastime los pies de esperar. ¡Pará un poco! ¡La película terminó hace más de una hora!
Recurro a tu presencia alternada en mi vida. Y cada vez que nos duele, otra vez nos deseamos, y nos alejamos un tiempo para volver curados. Todo sólo para tirar ese tiempo de cicatrización al tacho.
¿Y vale nuestro amor para volver malheridos siempre escondidos?
¿Y vale nuestro amor el escondernos cada vez que el otro nos llame?
¿Y vale nuestro amor el que siempre sepamos que faltan cinco minutos para el recreo?
¿Y vale nuestro amor el darlo a otros el que merecemos nosotros?
¿Y vale nuestro amor que te mienta cada segundo para que siga existiendo?
Nunca te mentí excepto cuando me admití no cobarde.

Se que vas a volver a desaparecer. Se que haré siempre las mismas preguntas que no querés escuchar. Suelo hacer todas las cosas mal.
Llueve y se me vienen las ganas de verte. Eternamente posible en mis días y en mi olvido.

jueves, 18 de abril de 2013

Dientes y miradas mordidas


Te (me) había robado hasta las frases hechas de (antes) ayer.

Pero tenemos más de siestas que de representación de lo real.
¿Y si no sabemos que son las siestas? ¿Cuánto nos queda por sentir aún?

Nuevamente no puedo nombrarte. Parece que esto es recurrente para mí.
Quería hablar tu lengua, así (nos) entremezclamos en lo que somos, en lo que pretendemos ser. El detalle es: que nos elijan nos encanta, nos encandila en la oscuridad de lo que somos, buscamos eso y hacemos todo lo posible para que así sea. No me importás, no te importo. Solo quiero que me elijas.

El único sonido que te reconozco es el de mi imaginación al reír, al escuchar lo que yo mismo escucho. Nuestras palabras no existen más allá de lo breve del tacto.

Me perdí en las frases que sólo puedo entender mediante 10011101011010101111.
¿Nuevamente las mismas frases hechas?
Me pierdo Pasado.

Y me das mil explicaciones innecesarias. Y de las que necesito, ni rastros. Me mareas entre tanta espuma que se desparrama cuando me contás tus hazañas. Y son objetivos que no entiendo. Y son cosas que prometiste no hacer (me) y te moris de ganas, quedas ciego de ganas.

Y qué habrá detrás de todo lo que nos decimos. ¿nos mordemos los labios? Prefiero morder los tuyos.



domingo, 10 de febrero de 2013

Somos meros documentos de Word. Pero somos.



Me detengo –siempre estoy en el mismo lugar- necesito escribir la farsa actual entre vos y yo. Somos farsa. Pero somos. Soy lo que vos me dejas ser, y vos siempre podés ser más de lo que pensas que sos.
Es mentira la verdad y existió en cada momento,  en cada lugar, en cada espacio que transitamos. Es mentira la verdad y existió porque solamente así todo se volvía realidad entre nosotros.
Cuando te escribo nos  podemos encontrar en cualquier lugar: eso es lo de menos. Lo que importa es el deseo de encontrarnos porque a partir de ahí todo queda en manos del destino (me gusta delegarle obligaciones). El sí que quiere y se empecina en juntarnos entre tanto barullo, entre tanta ciudad vacía y rellenada de a pocos y de a nada.

Me gustas porque nuestros besos son siempre los últimos.
Me gustas porque hago puntitas de pie para alcanzarlos.
Me gustas por cómo tus brazos me rodean.
Me gustas porque me empecino en encontrarte y me entretiene buscarte.
Me gustas por lo poco que se de vos y lo que te conozco.
Me gustas por lo eternamente inocente de nuestros proyectos ¿son míos?
Me gustas por la forma en que no compartís lo que creo que es la verdad.
Me gustas aunque ahora somos meros documentos de Word. Pero somos.

Es el deseo el que me trajo hasta acá. El me moviliza. Sin él no somos nada. El deseo me lleva hasta tu lectura, hasta los versos de otros para decirte lo que no puede ser pero es. Entre tus ojos descubro palabras que me acercan -que nos acercan- como mezquinas gotas de ilusiones, de pasiones, de deseos, de cosas que verdaderamente no se. Todo es mezquino: como vos y yo al dar amor.

Pienso en resúmenes, así vivimos. Resumimos para acordarnos, y así es que vivimos en el otro y vos podes vivir en mí. Y no iba a volver a suceder. Las pequeñas cosas que logran ser grandes deseos nos encandilan si nos miramos a los ojos. Y pareciera que no existiera nada más porque lo nuestro se vuelve eterno cuando me resigno a no dejarte ir en mis palabras.
Los pasillos de la vida se hacen rogar para encontrarnos: nos esquivan, nos zarandean, nos olvidan solamente para que no caigamos que en la mañana siguiente ya seremos los mismos.
Sabelo, sólo escribimos (y somos) fragmentos en documentos de Word

viernes, 1 de febrero de 2013

Algunas canciones y cuentas de amores



Me había pasado el tiempo haciendo pura cuentas de amores que no te enamoran (siempre podemos restar para sumar). En este tiempo solías decirme que me amabas cada vez que me odiabas. Y cuando empezabas a odiarme en serio, sabías que pronto nos olvidaríamos. Al hacer estos recuentos me había olvidado de decirte tantas cosas, así como se me pasó olvidarte (por mi propia conveniencia) se me pasó decirte todas esas cosas que ninguno de los dos quiere oír. ¿Qué esperan? No las pensaba decir en esta oportunidad.

Te sigo observando atravesando con veloces pasos mi cuerpo, mi alma, mi aliento, mi egoísmo, mis tontas palabras, mis años. Y yo te atravesé por completo al ser presencia en cada momento de tu esmero en olvidarme (que tan bien te sale). No lo íbamos a saber hasta tiempo después de todo: lo nuestro era más que lo que podemos sumar y restar con nuestros dedos y manos. Y aunque ellos no crucen las plazas juntas, se entienden, se reconocen, aunque jamás se hayan juntado.

Y pronunciaba carcajadas cada vez que su aliento me rozaba los dientes. Nunca había sufrido de eso que llaman cosquillas hasta que descubrí que él se concentraba tanto que me despertaba el deseo de saber qué tan concentrado estaba y cómo podía hacer para que se perdiera y cayera distraído ante mi afán por esquivar esos momentos.

Te desafíe. Te escribí esas canciones sin nombre que nos dedicamos cada vez que quisimos olvidarnos. Y yo estaba en cada paso, en cada construcción (al menos en el intento de no estar).  Las canciones fueron nuestras posibilidades de encontrarnos: las posibilidades del amor y del deseo se resumían y se extendían en aquellas letras. Pero en estos finales, tenía que confesarlo: las canciones habían sido tantas que poco a poco fueron perdiendo sus versos, sus melodías, luego sus colores y al fin sus sabores para solamente hablar de nosotros. Y habían perdido todo lo que les pertenecían y nos entregaron el tiempo para nuestra historia. 

Y jamás se te iba a ocurrir, pero cada noche nos acostábamos suspirando por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Lo que fue me lleva hasta vos, lo que pudo haber sido, me marea entre todo lo que decís.

lunes, 31 de diciembre de 2012

2013 versiones para poder encontrarnos





Eran necesarios: las velas en las tortas, los palitos en las paredes, los tachones en el almanaque. Nos ayudan a los más distraídos a no olvidarnos de que nos encontrábamos atravesando años y que eso -de muchas maneras- era significativo. En estos tiempos, volvemos a pasarle un trapo a los años que ya se nos van; pero se nos esconden debajo de las alfombras, solamente para poder aparecer cuando se les cante o cuando nosotros decidamos limpiar un poco de lo que fuimos.

Año 2012 me contaste nuevos cuentos, la mayoría eran reciclados de ayer.   ¡Pero qué más da si hablan tan bien de lo que fuimos! Y volvimos a re utilizar viejos dichos, estrategias, sentimientos. Volvimos a viejos amores, pasiones y ya no paramos de contar nunca más.

En tus días año viejo aprendí que muchas veces ‘somos’ para la foto. Somos jipis, pop, rockeros, ganadores, solidarios, altos, esbeltos, carilindos, comprensivos, humanos solamente para la foto. Y de lo que verdaderamente habíamos sido: ‘Bien, gracias’.

Asimismo, aprendí que ha pasado un año nuevo - que ahora ya es viejo- y que seguimos buscándonos y encontrándonos. Y eso es reconfortante, el encontrarnos para sentirnos como somos cuando estamos con el otro. Porque no me vine hasta acá para no encontrarme esos minutos con vos que son los que (nos) forman nuestra historia. Este año que se nos viene, no tengo más ganas de escuchar “¿sólo para eso te viniste hasta acá?”  Si, porque eso nos hace lo que somos, el otro y encontrarnos. Y es por eso que vale tanto la pena marcar un número y preguntarnos como estamos.

Y fue en este año, que se presentó haciendo ruido, y hoy se retira cansado, cansado de andar. Pero completo, vivido, andado, sentido. Y es que ahora como suele suceder en estos tiempos, me gustaría repasarte, solo un poco y para seguir perdiéndome con la costumbre.
- Año en el que volví a sentir, a producir. Año en el que sigo volviendo a ti, Destino. Regresando hasta ese lugar donde se encuentran las ollas de oro: al final de los textos, al final de mis palabras que siempre son comienzos, comienzos de los destinos.
- Año en que me ha asqueado mi exceso de protocolo. Es que me había tragado todas las mentitas viejas que tenía. Desde ahí ya no las necesite. Mi aliento era fresco, ya no teníamos remordimientos.
- Año en que encontramos apoyo y volvimos a creer en nosotros mismos, y en muchos de aquellos que habíamos dejado de creer. ¡Que más podemos pedir! Año en que siempre te necesite entre mis días. Siempre.
- Año en el que la soledad nos hizo dialogar con nuestros propios fantasmas. Esos de los cuales habíamos olvidado que existían y de esos que aparecen cuando llega la abstinencia.
- Año en que fuiste el mate amargo de mis mañanas, algunas frías, otras sola pero todas despierta.
- Año en el que comprendí que las historias y los planes de amor son como moños: se cruzan, se atan, y en final de su producción son hermosos. Pero siempre recordemos que con un simple tirón de cualquiera de los dos (o tres, o cuatro) lados, se desarma. Y todo vuelve a empezar. Y eso nos encanta. Y eso me encanta de vos.
- Año en que descubrimos el show tramado por el otro para mostrarse como es. Y no habíamos entendido nada, y siempre lo veíamos en espejos rotos.
- Año en el cual hemos confesado y mentido más de nuestras pretensiones sentidos y sentimientos. Pero habíamos creído más de lo que (le) queríamos al otro. Y no tuvo más sentido continuar hacia la distancia. Si estabas ahí entre mis días desde que nos permitimos entrar.
- Año en que nos desilusionamos porque las cosas no se mueven como nosotros queremos. Y nos despertamos desnudos y en el medio de la ciudad. Y nos despertamos desnudos y con ganas de vernos y no había nadie.
- Año en que nos dimos cuenta lo felices que somos en lo cotidiano. Cuantas manías inexplicables tiene el otro y lo grandes que estamos nosotros para no darnos cuenta que también las tenemos.
- Año en el que volvimos a valorar el encuentro con el otro.
- Año en el que seguimos sumando canciones que nos hablan de años anteriores y de este año que tanto se hizo vivir. Las canciones fueron malas, de moda, y algunas otras muy buenas y memorables. Pero me gustaría decirles, todas fueron igual de sentidas.

2012, me había propuesto más de lo que tus días me permitían y te abandone mareada entre mis metas. Me había olvidado: aún conservaba mentitas vencidas de años anteriores.

Así es que pongo un compilado para cerrar este 2012 que se me fue entre las ganas de verte y las ganas de encontrarnos, que exactamente no es lo mismo. Nos vemos con suerte desde lejos, de veces y en cuandos. Pero el encontrarnos es siempre más difícil; por eso alzo las copas -todas las que tengo a mi alcance- para que este año nuevo podamos encontrarnos aún más: con él y ella, entre nos, pero fundamentalmente con nosotros mismos.
Celebrar el hecho tan simple en su complejidad de habernos conocido, y cuánto nos duele dejarnos, y cuánto de felicidad tiene todo esto.
Brindo también por un año que nos siga haciendo aprender las mismas cosas que ya pensamos que habíamos aprendido el año que se nos pasó.
Por un año en que no nos preocupe tanto ser suyos y de otros, sino en el cual podamos embarcarnos verdaderamente en viajes de nuestros propios placeres con el otro.

¡Amigos: Por un nuevo año, mejor, siempre mejor, y siempre nuestro! ¡Por 2013 versiones para poder encontrarnos! ¡Paz!

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Sobre lo poco que se de vos




Me había levantado más temprano de lo que recordábamos nos podíamos despertar. Es que ya no podía dormir. No dejaba de pensarte. Quería saber por qué lo hacía, por qué estabas ahí entre mis pensamientos, mis proyectos, mis idas y mis vueltas (que eran míos y vos andabas ocupando espacios entre ellos) Y se que aquí era una manía absurda: siempre tenía y pretendía (me empecinaba) en saber los porqués.

No lo entendía: ahí estabas. Pero lo que recordaba de vos era tan poco. Tenía que hacerlo a partir de los recortes que res/guardaba debajo de mi almohada. La tarea me resultaba algo así como compleja, tanto que sólo llegaba a encontrar algunas piezas que me confundían aún más: “recordar que no tenemos nada que ver”, “no olvidarme de que ronca”, “cómo dejar de lado los besos” y la imagen de tu sonrisa inolvidable.

Ahí estábamos arriba de nosotros mismos: nos miramos, nos olfateamos, nos deseamos. ¿Soy yo cuando estoy con vos? ¿Más de mí misma? ¿Hasta donde nos perdemos en lo que no somos pero fuimos? ¿Dejamos de ser para ser otros mientras que recordamos los otros que fuimos?

Exclusivamente sobre nosotros (sí, nosotros):
Puse a lavar la ropa. Necesitaba olvidarte. Me preparé un mate, me senté frente al teclado. Necesitaba decirte.
¡Igual, no ibas a escuchar! ¡Igual, no ibas a leer!
No importaba. Era esto de volver inmemorial lo que te negás a llamar ‘nosotros’.
¿Qué más da eso si cada vez que pretendemos decir adiós no nos dejamos ir? Y cuando ya no estamos ¿dónde guardamos al otro? ¿Dónde guardamos lo que no puede ser? ¿Dónde escondemos nuestras diferencias, nuestro deseo, nuestros silencios, nuestras penas y alegrías?

Sabía que estaba siendo necesariamente idiota. Necesitaba ser una idiota para (re) volver una historia que la tenía perfectamente definida. Pero vos te me atravesaste y no me dejaste ni poder pensar en cómo mentir un no: un no quiero. Vos estabas ahí como ayer con tus luminosos ojos y apenas me atrevía a ver entre tu sonrisa y tus besos mi deseo indecible de volverte a ver.

Era nuestra historia, sí nuestra. A la cual se le había salido la cadena antes de comenzar a andar. Y cuando queríamos echarnos a pedalear nos lastimaba las piernas que nos imposibilitaba por largo rato poder seguir andando por estas calles que nos suelen cruzar entre una vez y un cuanto, y que nos hace caernos en las veredas mal trechas de nuestros deseos.

Empezaba a llover. Arrastramos la bici e igual nos empecinamos en caminar tomados de la mano. Es que fue así: pudimos ser siempre bajo la lluvia, sólo bajo de ella.

Lo que pasa es que nosotros no entendemos del frío. La temperatura bajaba y no nos hacía mal. Lo que sucede es que no sabemos ver el frío. No sabemos manejarlo, controlarlo. Y cuando hace frío nos volvemos más susceptibles, más un tanto idiotas, un tanto perdidos.

Y te abrazaba empecinada en que hacía el frío de ayer, pensando en que podría ser como antes cuando ya no nos acordamos. Y te aseguraba en que todo podría ser igual mientras te contaba mis proyectos y yo como suele suceder, no entendía nada. Y vos nos proyectabas y yo no estaba ahí porque aunque te empecines en decir que sí, siempre estuve en otro lado en tus días.

Bajo la lluvia fue todo más fácil. Fue todo posible: los planes, las ideas y los sentimientos. Luego despertamos y mareados por todo lo que no pudo ser, decidimos alejarnos (decidiste, aunque la que me había ido era yo). Me había ido antes de que me olvides.

Quizá pasará el tiempo cuando no nos volvamos a reconocer salvo hasta cuando nuevamente haga puntitas de pie para alcanzarte y cruzar nuestras miradas y todo vuelva a se posible entre nosotros (sí, entre nosotros porque para mí no había nadie más). Y no vamos a entender qué significa lastimarse y qué paso ayer porque lo único que tiene valor es el (re) encontrarse.
¿Qué más da la distancia y las diferencias si nos hemos cruzado y nos hemos mirado? ¿Qué más da si todo lo que hemos sentido está por sobre lo que no hemos dicho... por sobre lo poco que se de vos?

Las canciones ya no eran tantas. Y así como los  primeros besos son riquísimos, luego el foco de atención se va para otros lados. Y nos perdimos, nos fuimos, te fuiste, decidiste irte cuando se interpuso mi jipismo desactualizado y tu fidelidad en formol.

Pongo a lavar la ropa, mojada de vos. Me alejo del teclado. Seguramente estoy diciendo (te) más de lo que podemos escuchar.



jueves, 29 de noviembre de 2012

Chica pusch-up


Y entreverada por lugares que nada tienen que ver con nada, te das cuenta que ya estás aún en otro lado cuando tu ropa “de boliche” no varía de tu atuendo social cotidiano. Y no hay push-up que te entre ni tanguita que tengas ganas de sufrir. De eso no queda nada, y el resto está más bien a la vista. Pero nos sentimos bien, nos sentimos con estas ganas “locas” de escribir con el ojo en el otro y en sus inseguridades que son /al final/capaz/muy tal vez/ las nuestras.

Me considero completamente incapaz de levantar y entablar una conversación con un pibe en el boliche. ¡Puf! Taradeces. No más que puras verdades. Hay que manejar los códigos de chica push-up, que trataré de describirlos aunque son más complejos de lo que pensamos.

Las chicas push-up se cuidan del que dirán. Cruzan las piernas y se sientan a esperar. No pueden estar a solas con un varón. Él es amenaza. Él es la materialidad del engaño. Aunque sin embargo, ellas nunca están solas. Se la pasan mandando mensajes. Mensajean. Tuitean. Guasapean. Megustean. Chatean. Comentan. ¿Cuándo dejamos de mirarle a los ojos al otro?

A las chicas pusch-up no las despachan en un taxi. Ellas no entienden porque se deben retirar de un sitio pasada determinadas horas. Eso es engaño, eso es manchar su reputación. ¿Tomamos el mismo taxi? ¿Te podés retirar?

Las chicas push-up /cuando y sí/ cogen lo hacen con ropa interior a estrenar.  De esta manera, podemos contar el número de cada acto. No se tocan y les da asco tacar al otro. En el micro, en el super, en la calle. No se tocan. En sus casas, en los autos, en las esquinas. No se tocan. Las chicas push-up suelen dejar hirviendo el agua para el mate. Y siempre hay uno que dice: “es que vos nos sos una piba normal como las otras. A vos si te puedo decir que sólo quiero garchar y no me interesa si acabas porque seguro tampoco te importa” ¿Hasta cuándo el goce del otro no forma parte del mío?

Las chicas push-up re-conocen cualquier indescifrable tema del momento. Las chicas push-up siempre quieren un buen bailarín que les zarandee los sueños y las ganas. ¿Porque hay otras que se fijan en los en chicos que no bailan?

Ya en los espacios bailables, la fastidiosa violencia empieza en el ofrecimiento degenerado de un trago aguachento. Nos debería dar asco pero no. Las chicas push-up tengan la edad que tengan, el recorrido que tengan, aceptan si el que ofrece es un buen postor. Lo dejamos a su criterio.
Idiota e inevitablemente, en el esfuerzo por el diálogo con el otro (a pesar de todo lo dicho anteriormente), el sujeto cualquiera con quien se entabla la conversación en estos espacios para el baile, el trago y el pucho, considera que una habla de política cuando en realidad se recurre al sentido común porque se piensa que es un espacio común para la charla. Error, eternamente errada: “Nena porque no hablas como una piba normal. Estos no son lugares para hablar de eso. Sos una aburrida” ¿Por qué nos desubicamos tremendamente de lugares, de textos, de sentidos, de poses, de pasitos de baile?

No importa. Consigo uno y me pongo un pusch-up. Chica puchup tengo que volverme. Siempre quise serlo. Me calzo los lentes de contacto azules y salgo. Escucho: lo que me gustó de esa mina eran sus ojos. Pienso en los zapatos. No me entran, tengo juanetes en los pies. Piso una baldosa floja y me embarro. No me invitan a las fiestas. ¿Sabes qué? Dejá nomás.

Sin más ni más, vamos (des) pretendiendo ser una chica pushup. Olvidate si pensabas otros finales para esta historia. Nos volvemos una de ellos, aunque no nos quede el corpiño.


lunes, 15 de octubre de 2012

Deseo, te corrí de lugar.



Ella dice: No se porqué corrió por ella. No se porque tenía que hacer todo lo que políticamente se supone correcto. No entendí porque al final se casaron si no se querían. Se hubiera ido con la primera mina estándar que se cruce. Justo se cruzó con la incorrecta. Entonces se casaron.

¿Quién de los dos tiene las cosas demasiado claras? O sería ¿quién las tiene más oscuras?  ¿Quién de los dos es más propenso a la caída, al bloqueo, al quiebre, a la duda, al insomnio, a las siestas frustradas, a las noches atadas?
Vos y él. Ella y ella. Él y él. Nosotros (que no tenemos ni modos de definirnos: uniformes, oscuros, ocultos, egoístas, hipócritas, deseosos de terminar)

Vivimos entre inestabilidades. Me mareas entre inestabilidades.
Cruzo las piernas para pensarte. Me recojo el cabello para olvidarte. Escucho tus canciones para escribirte. Vas a mis ghettos para acercarte.
Manejo la situación, me alejo. Apareces entre mis versos. Te busco en otros lados. Te hablo pero me escuchan otros. Me escucha otro. Vos ni siquiera te gastas en hablarme, preferís considerar mi eterno manejo de cualquier ser. Prefiero esconderme detrás de esos versos.

“Solo me iré con vos si me escribís una canción que hablé de mi. De cómo robé tu amor.”
Sigo escuchando tus canciones para pasar de las ideas a las manos, a una caricia debajo de las sábanas de las palabras. Sigo entre el deseo que nos mueve y nos ata en estos días. Nuestro deseo nos encuentra cada lunes, cada martes, cada jueves. Nuestro deseo nos entretiene deseando a otros, nos deja en el aliento que nos debemos.
Me pierde en la postura el deseo, me hace terminar en las estructuras. Y es el deseo por el deseo mismo. El de encontrarnos a nosotros en los besos de otros, en las manos de otros, en su piel. Nosotros entre sus piernas.

Nos movemos en otros paradigmas. Antagónicos. Y es por eso que nos contamos otras historias y entendemos siempre distintos los finales, las tramas, los inicios. Y nos gusta pensarlos al revés, así tal cual como son. Porque el presente, los inicios siempre son los últimos, los más alejados del sentir.

Vos me escuchas, me acompañas en mi soledad. No entendés lo que digo. Eso no importa. Hace mucho no queríamos escuchar nada.

En la película, el que había corrido atrás de ella, luego la despacha en un taxi. ¿Para eso corrimos? ¿Para eso?
Ella me dice: Y para que sepas se casaron porque se querían. Y para que sepas corrió hasta allá porque se querían.
¿Seguimos siendo los restos mal comidos, mal cogidos? Seguimos siendo meros restos porque los restos no entienden de cantidad y calidades. No pasan este tipo de testeos.

Y te sigo pensando atravesado entre mis otros.
Voy a dejar de lado el deseo cuando no te encuentre más en mis discursos. Cuando no seas el destinatario de mis palabras. Cuando deje de medir con varas de soledades ajenas. Cuando deje de correr el deseo de lugar.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Él no tenía quién le escriba






Y sos vos, vos, vos, y sólo vos. Yo tomo nota.
Ese era él sólo para él… y para el resto, era él también. Sigo tomando nota.
Él me hablaba de él, para él, por él, a través de él. Yo seguía tomando nota.
Pero como no soy buena con eso y nunca pude entender mi propia caligrafía es que decidí hablar de él a sus espaldas, apelando a mi memoria y a las suyas (por gusto (en) cargado)

Él no tenía quién le escriba mientras se maravillaba con los colores de la ciudad cuando está más que oscuro que había caído el sol desde hace rato.

Él no tenía quién le escriba pero creía que sólo sus noches merecían ser contadas. Porque  eran solamente en sus noches -las que atravesaban su cuerpo, su mente (y su/s soledad/es)- las que merecían renglones. Sólo eran sus noches las que podían explayarse por hojas y hojas de fabulosas descripciones de señoras/señores y señoritas/señoritos a quienes les robaba (o les robaban) sus noches; y que como fantasmas se les aparecían cuando cerraba los ojos y su cabeza se apoyaba en su almohada de recorte infantil.

Él no tenía quién le escriba y seguía empecinado en sus ojos claros llenos de huecos, en su pose despojada de verdades y repletas del qué dirán, en su pócima para ganar cada batalla, cada letra, cada canción, cada partido, cada encuentro.

Él no tenía quién le escriba mientras no dejaba de mirar las minas que entraban en su ombligo. Se metía el dedo, rasguñaba lo que iba quedando. Se limpiaba y seguía de largo.

Él no tenía quién le escriba y juntaba las moneditas para saber cuánta era su fortuna en discos, en minas, en palabras, en (re) versos, en amigos, en enemigos, en contactos, en anécdotas.

Él no tenía quién le escriba pero estaba casi encauzado en que llegaría el día en que podría sacarse las manos de los bolsillos y señalar a un punto y de la nada, sin hacer esfuerzos ni moverse de más encontraría lo que estaba buscando. Y que lo iría pateando como cualquier latita que uno encuentra en la calle y que a uno le da gana de hacerse el gran jugador, y la patea, y la pisa, y la aleja. Hasta que le iban a agarrar unas ganas terribles de levantar la latita y meterla en el basurero de su corazón. Era simple, él no tenía quién le escriba.

(Y nos daban ganas de hacer (nos) cada vez que decíamos adiós, y cada vez que nos des/encontrábamos. Pero él no tenía quién le escriba)

Él no tenía quién le escriba y su teléfono no paraba de sonar. Y le escribían pero él no leía. Y él leía lo que no entendía, y lo dejaba pasar. Y él hablaba pero no decía. Y cuando decía, lo decía para él, entre las paredes, a lado de las paredes, debajo de las paredes y de las sábanas, susurrando. Pero él decía de sí, solo de sí. Y se mareaba, se maravillaba y repetía historias, y solicitaba que tomemos notas, que nos perdamos en/tre sus victoriosas palabras. Pero él no tenía quién le escriba y se moría de ganas de que alguna vez sus palabras de verdad le pertenezcan.

Me tenía que sentar a escribir por en-cargos porque él no tenía quién le escriba. Desde ahí es que empecé a pensarlo desde este lugar, que no es el mejor lugar que se ocupar - pero es el único de mí para él. Y eso ya tenía demasiado valor entre los dos. Y era así que me tenía que sentar a lado de mis palabras y pensar (te) una vez más. Pero esta vez, tan evidentemente como para ponerme incómoda en mi propia silla.