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jueves, 21 de febrero de 2008

Los cumplidos llegan con el recuerdo, justo cuando pasaron de moda

Quiero volver al inicio del principio, ahí es donde quiero estar. Hay luces que se apagan en el horizonte cuando nos alejamos por los caminos. Y existen otras que vivirán encendidas en nuestros corazones por el resto de los días. Son destellos de luz que no envejecerán jamás y que siempre nos acompañarán estemos donde estemos.
- “No serás luz ni destellos, serás vos en mí para siempre”, pensé.

Las dificultades están ahí, bien atentas a nuestros descuidos cotidianos. ¿Cuánto arriesgamos por estar bien? Nos hace mal enfrentarnos, ponernos cara a cara con nuestros defectos y bancarnos por un instante. Nos cuesta poder dar algo que nos dijeron que costaba mucho. Quizás estemos perdiendo demasiado, es decir, quizás estemos perdiéndonos nosotros mismos.
Aún no debemos salir. Todavía el Sol no dejó de pegarnos en la cara aunque haya pasado la medianoche. Porque cuando tuvimos esa “Gran Oportunidad Gran” de mover, decir, perdonar, dejar; no lo hicimos aún completamente concientes de ello.
- “Salgamos esta noche, no podemos quedarnos en casa. Se que nos van a estar esperando”, había dicho.
Los caminos suelen unirnos, y los destinos suelen lastimarnos a todos alguna vez. ¡Qué más damos! Llega el momento de saludar y despedirse para siempre. Seguirás dando las mismas vueltas por la ciudad, joven y a la moda, con altos zapatos de duendes y el cabello planchado.
Te pude ver tomando un “Cuba Libre” con el Destino. Me dijiste por última vez que sí, que había esos puntos en la vida en los cuales decidimos no levantarnos más con la resaca atravesándonos la conciencia y el corazón. La idea fue registrada, era nuestra.
¡Y vos ahora en un bar con el Destino! Ambos riéndose a carcajadas de la verdad, que era después de todo, una cualquiera. Ahí fue que se desvirtuaron estos Destinos pasados de copas.
Buscamos el momento para sentirnos mal, eso nos haría sentirnos mejor muy pronto. Te pensé otra vez entre la gente de esta siempre mezquina ciudad. Ahí, en los lugares donde solíamos estar pero esta vez con recuerdos que llegaban justo cuando ya habían pasado de moda.







A vos… Por todo y por siempre… Para no variar, llegamos tarde, lo sabes muy bien.

lunes, 11 de febrero de 2008

Cuentito de un Hueco

Érase una vez un Hueco, no de esos que hay el piso o un árbol sino uno de carne y hueso. Este solía llamarse humano, así como los que suelen hacer compras en los supermercados, que van a la universidades, usan los colores de moda, bermudas a cuadritos, aros por todas partes, comen pizzas y toman “coca”; así como los que tienen silencios dentro de su mente y por supuesto, de su alma. Un humano como alguien, ¡No como yo, sí como él!
Esta historia tiene mucho que ver con ese amor que es el mejor porque nunca pudo ser. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al resentimiento, a la paciencia, a un Hueco vacío. Ahí la razón de quedarme con los amores incompletos que siempre serán capullos, siempre serán pasión. Y por un momento quitan la maldad de nosotros.

Sólo necesitaba tiempo para recorrer el laberinto de tu estúpida vanidad. Hasta pensé que podríamos llevarnos bien, así como si esa fuera una necesidad.
Debiste saberlo: si me atacabas me lastimarías. Lo recuerdo muy bien. En el momento justo en el que hiciste un Hueco en vos como a propósito no quise entrar. Y cuando me abrí yo, te complicaste horrible.
No entendimos nada: lo que dijiste, lo que lloré, lo que callamos; nada se pudo entender ni siquiera el vacío que estuvo siempre presente. Fue tan extraño lo que nos pasó, sin embargo, ahí estuvimos: reclamándonos. En vano fueron las promesas de escucharnos, de asegurarnos no criticarnos más, de tratarnos mejor.
No dudes de que haré mía tu respuesta (no se me ocurren nuevos versos en estos últimos tiempos). La respuesta que me diste antes de confundirme aún más: “Fuiste la primera en hacerme cosas como esta”. Pero como todo, será un ajuste de cuentas.
Lograste hacerme sentir realmente mal. Mi agridulce venganza será entonces hacerte sentir igual. No lo subestimes, será más pronto de lo que imagines.

El hueco escuchaba en las voces de la masa su salida de la mediocridad.
El hueco no entendía de metáforas, frivolidad y de monotonía.
El hueco, aunque tenía muchos espejos en su casa, jamás llegó a comprender cual era la función de ese objeto que reflejaba siempre el vacío cuando él se posaba delante.
El hueco tenía mucho que ver conmigo, por una decisión más que propia.







Pregunta: ¿Qué tendrá que ver el Negro Dolina con una canción de Miranda!?
Respuesta: Más que inspiradores del texto anterior. Mezcla bastante particular hasta se podría decirse, inusual. ¿Porqué no? Todo tiene que ver con todo.

martes, 5 de febrero de 2008

El viento siempre une a los que los rechaza el viento

Se conocen. Se miran. Se desean. Se besan. Los observo.
Me duele verlos alejarse tan juntos y yo tan distante, tan nada que ver. ¿Qué hago en el medio si nadie registra mi presencia? Me metí en un guión que ya estaba escrito. Comenzó cuando dije ¡No!
El destino siempre une a los que los rechaza el viento.

¿Qué se dirán, qué harán? ¿Qué podrá ofrecerle su destino que el mío, últimamente bastante mezquino, no pueda brindarle?
Los miro. Perfectos, el uno para el otro. Los imagino juntos, a solas. No puedo evitarlo. Tengo que olvidarme de esto. Pero los sigo viendo irse juntos, tan cerca y yo tan distante, tan nada que ver, tan sola y vacía. Los seguiría, me volvería una demente.
No debo pensar; mañana te diré: te quiero, te necesito en mi destino. Ya no siento nada por vos; dentro de un rato no será difícil decir que si, y será fácil no decir que no.
Los días seguirán pasando. Ellos juntos, armando una historia. Y yo pensando en ellos… juntos. Y se miran, y se desean. Se conocen, se necesitan. Y los imagino. Yo tan distinta, tan nada que ver. Y no encajo.

Otra ocasión a la cual llego tarde, mal vestida, y sin acompañante.
Una velada tan especial pero no para mí, sino para su historia. Las luces del salón la dejan más bella, y a él tan elegante, tan para ella. Yo escondida detrás de la luz que desprenden, junto a mi soledad que de improvisto apareció esa noche, disimulé el llanto, como tantas otras veces. Ya no podría recuperarlo. No era para mí, era de ella.
Y no encajo. Como siempre, tan nada que ver.